domingo, 5 de marzo de 2017

CONFESIONES DEL AMIGO DEL AMO DE CASA FRUSTRADO


Me jode el viernes.
Me levanto a las 7 y (como todos los días de lunes a viernes, desde enero hasta junio) me tomo la vacuna (sublingual, 5 gotitas) para las gramíneas, el olivo y la salsola. Luego me aseo. Pongo la tele. Preparo el desayuno y, su puta madre, la primera noticia que atino a escuchar es la concesión del Azorín de novela a Espido Freire. Furioso, comienzo a untar cien gramos de Nutella rebosante de cancerígeno aceite de palma sobre una tostada requemada y abundante de la también cancerígena acrilamida, mientras murmullo que qué coño, lo que va a terminar matándome no es esta dieta de mierda sino el mamoneo tan increíble que rodea a la literatura.

Y es que, básicamente, esta mujer está contándole al periodista lo emocionada y sorprendidísima que está porque para nada esperaba ganar este premio. Bebo un poco de agua y pienso que, si no ando equivocado, el Azorín lo publica Planeta. Recuerdo también que Freire ya ha ganado con anterioridad el Planeta (de hecho, ha sido la ganadora más joven en recibir este galardón) y que ha publicado varias novelas en esta editorial. Vaya, pienso al tiempo que relamo la Nutella que se ha quedado pegada al cuchillo, Freire lleva media vida publicando en Planeta pero se asombra de haber ganado un premio que paga esa editorial.
Y por qué no, pienso.
Después de todo (como ha dicho en prensa), ella sabe muy bien qué es el dolor y el fracaso, pues también ha perdido premios. Y es consciente de que su alegría de hoy supone la decepción de otros, la tristeza de compañeros que han presentado también sus novelas a este premio.
Me levanto y voy a la cocina. 
Meto el plato y el cuchillo en el lavavajillas.
Pienso que tal vez eso,
exactamente eso,
sea crecer:
Aprender a justificar lo que antes nos parecía deleznable.
Vuelvo al comedor y cambio de canal. Me visto y despierto a mi hija mayor. Luego entro en la habitación de mi hijo pequeño y lo saco de la cama. Con cuidado lo traigo hasta el sofá y lo tapo con una manta, y como todas las mañanas lo dejo ahí unos minutos para que se vaya espabilando, mientras saco punta a los lápices de los estuches y preparo sus desayunos.
De fondo suena “La princesa Sofía”. Mi esposa entra en el salón y me besa, todavía medio dormida, y es este beso un gesto mínimo que me devuelve el buen humor y me ayuda a tomar conciencia de que lo que me ha fastidiado de todo este asunto no ha sido el que en España se haya otorgado otro premio cuyo vencedor ya se sabía de antemano, o la certeza de que solo amoldándote a este podrido modelo editorial puedas algún día llegar a formar parte de él, sino una entrada que leí anoche (justo antes de irme a la cama) en el blog de un buen amigo (así al menos lo considero yo, a pesar de que apenas nos habremos visto cuatro o cinco veces).


En ella, mi amigo contaba (envuelto en una nube de quehaceres cotidianos que conforman su día a día como amo de casa) que una editorial muy importante (créeme, lo es) acababa de rechazar (tras muchos meses de valoración) su novela. Estamos hablando de un proyecto literario bueno (muy bueno), una historia que yo he tenido la oportunidad de leer con detenimiento y que es, con diferencia, mejor que la mayoría de libros que a diario llegan a mis manos.
¿Cuál es el problema, entonces?
Pues sencillamente que para las editoriales de hoy la calidad literaria no es suficiente. No, si esta no va acompañada de un beneficio económico seguro (algo que, como comprenderás, es difícil de garantizar cuando hablamos de un autor desconocido para el gran público). Apostar por una novela y dedicarle horas y horas de corrección y edición no es rentable. Es preferible (y más barato y más rápido) contratar traducciones por cuatro euros o “redescubrir” a narradores cuyos derechos de autor ya vencieron y que (como futbolistas) llegan a tu catálogo a coste cero. Esa es, a mi modo de ver, la forma de actuar de las editoriales guays, las independientes. A las otras, las de toda la vida, les va mejor publicando a tertulianos o presentadores de telediario, o dándoles los premios que convocan a autores de la casa (limitando estos a meros actos de promoción, una oportunidad de puta madre de darle salida a tu vestido de cóctel y ponerte hasta el culo de canapés y champán).
Como todas las mañanas, de lunes a viernes, hay un momento en el que llegan las prisas, un momento en el que la hora se te echa encima y corres el riesgo de no llegar a tiempo al colegio. Son las 8:40 y los críos todavía están sin peinar, sin lavarse los dientes, descalzos y sin los abrigos.
Voy bajando las mochilas al coche y resuena en mi mente una frase que una vez me dijo J. M. Chilabert, el gran (y desconocido) poeta cordobés:
Tío, cada día hay más editoriales de mierda publicando libros de mierda escritos por autores de mierda para una masa ingente de lectores de mierda”.
Luego el día transcurre como siempre, veloz, sin tiempo para pensar en gilipolleces literarias. Y sin quererlo llega la noche. Y una nueva mañana. Una nueva mañana de sábado que trae con ella la nieve.
Y no es que con la caída de los primeros copos de repente todo haya comenzado a tener sentido.
De hecho, todo sigue igual.


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