sábado, 31 de octubre de 2015

SACHA GOLDBERGER

¿Te imaginas que Superman o Spiderman o Batman hubieran nacido en el siglo XVI? Pues eso mismo es lo que intenta plasmar el fotógrafo francés Sacha Goldberger (1968) en uno de sus últimos trabajos.


 


Y no solo con los superhéroes. También toma como referencia a algunos de los principales personajes de los cuentos de hadas o de “La Guerra de las Galaxias”.





Otro original trabajo de Goldberger, algo más antiguo, es “Jogging”, que muestra a un grupo de personas antes y después de haber estado corriendo.


Pero, sin duda, uno de los proyectos que más me ha gustado de este fotógrafo ha sido “Super Mamika”, una serie de instantáneas en las que Sacha Goldberger utiliza a su abuela como modelo, una curiosa heroína nonagenaria que siempre parece salir airosa de todos sus encuentros con el mal.






Para ver más fotografías de este artista, pincha aquí.

lunes, 12 de octubre de 2015

"MOOCH", de DAN FANTE

“No había escrito una palabra en meses”.


De este modo empieza “Mooch”, la segunda novela que leo del escritor estadounidense Dan Fante. Y, como ya me ocurrió con “Chump Change”, la experiencia ha sido demoledora. Fante es hijo del conocido escritor John Fante, autor de títulos como “Espera a la primavera, Bandini”, “Pregúntale al polvo” o “La hermandad de la uva”, pero a mí, qué quieres que te diga, me gusta mucho más el hijo. 

Con un diminuto aro dorado colgando de su nariz y una inquietante pinta de quelonio con sombrero, Dante tiene tatuados en su cara todos los excesos a los que ha sometido su cuerpo durante decenios, por más que su apariencia actual y su voz grave y reposada pueda llevarnos a pensar que estamos ante un orgulloso padre de familia a las puertas de la vejez.


Dan Fante nació en Los Ángeles en 1944, pero se trasladó a Nueva York apenas entrado en la veintena. Una vez allí, se ganó durante muchos años la vida en mil y un empleos para olvidar y comenzó a beber hasta perder el control. Algo de esto cuenta en "Breakfast with Dan Fante":


“Mooch” (y también “Chump change”) tiene como protagonista a Bruno Dante, una versión concentrada y explosiva del propio escritor. El estilo, como supongo ya habrás deducido, es crudo, directo, sin paja o alguna palabra de más. Una narración plagada de frases cortas e ideas claras en las que, como el mismo Dante dice “al introducir un personaje, no me paro a explicar lo qué le pasó cuando tenía 12 años: sigo adelante”.

Hasta la fecha, Dan Fante ha publicado una decena de libros, entre novela, poesía y relatos (pincha aquí para ver esos libros), pero en español solo podrás leer las dos novelas citadas más arriba y “Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia”, todas ellas publicadas por Sajalín. Tanto "Mooch" como "Chump change" están magníficamente traducidas del inglés por Claudio Molinari Dassatti, mientras que "Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia" es obra de Federico Corriente.


Servidor, por si acaso el resto de obras de Fante se siguen haciendo de esperar en este país, ya se ha pedido en inglés “86´d” y “Spitting off tales buildings”. Y eso, teniendo en cuenta mi dominio actual de la lengua de Shakespeare, tal vez sirva para que te hagas una idea del grado en el que me han gustado los libros de Fante.

En fin, no soy muy partidario de destripar argumentos, de modo que te dejo a continuación un par de fragmentos de “Mooch".

Que los disfrutes…



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Llegué a una conclusión inmediata: a la mierda con mis sueños de escritor. Por primera vez en la vida estaba viendo las cosas claras, contemplando mi futuro. Los novelistas y guionistas como Jonathan Dante morían en Los Ángeles arruinados, humillados, degradados. Sacrificaban sus cojones y su talento a cambio de la fantasía de triunfar en Hollywood. Las letras ya no importaban a nadie, la literatura estaba más muerta que una reposición de Seinfeld. En la actualidad, el setenta por ciento de los estadounidenses obtenía sus opiniones e información formateadas a través de una caja de puro marketing de un metro cuadrado, pre digeridas y a cucharadas. El grotesco mundo de ensueño creado en Los Ángeles ochenta años atrás en medio de la arena, las palmeras trasplantadas y las matas rodadoras, esa imagen que Sam Goldwyn, B. P. Schulberg, Mayer y Karl Lemmle tenían de América, se había convertido en la mentalidad de todo un país. Nos habíamos convertido en una nación de primos. Los escritores eran dinosaurios, los tontos del pueblo. La vida real era una serie de polis y un par de tetas de silicona. Y ya está.


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El cielo rojo se había puesto casi todo negro, pero era demasiado temprano para las estrellas. Jimmi me dio otro beso, largo, fuerte y profundo. Luego me balo la cremallera. Mi polla era acero puro.
Cuando todo hubo acabado, estábamos los dos fumando y contemplando la noche impecable.
—¿Te sientes mejor ahora?
—Excepcionalmente.
Entonces bajó la mano y empezó a tocarse, frotándose ahí:
—Quiero esa polla dentro de mí, Bruno —jadeó—. ¿Puedo decirte qué más me gustaría? ¿Puedo decirte qué otra cosa quiero? ¿Qué más me pone como una moto?
—¿Un collar? ¿Joyas?
—Quiero que me folles mientras la perra gordinflona de las multas nos mira. Quiero que esté mirándonos por la ventana con su libretita, tocándose el chocho mientras informa de nosotros por su radio, tú me metes la polla por todos los agujeros del cuerpo y ella mira cómo me lames. Entonces tú te corres de nuevo y yo te chupo hasta la última gota de leche y después me la escupo sobre las tetas… ¿Te la pone dura lo que te digo, Bruno?
—Joder…
Riéndose me dio otro beso profundo, mientras no paraba de mover su lengua en mi boca. Su mano estaba de nuevo en mis pantalones, frotándome el rabo.
—Se te da bien esto —susurre.
—Más me vale que se me dé bien —rio Jimmi—. Tengo dos hermanos mayores, m´hijo. Llevo haciendo mamadas desde los siete años.
Mojó dos de sus dedos con saliva y se los metió entre los muslos. Cuando lo hacía, la sentí temblar.
—Ahora mismo, ¿vale? —dijo— Fóllame el coño… ¡fóllame ya!
Volvió a subir la mano y a chuparse los dedos. Después me los hizo chupar a mí.
—¿Me estás oyendo, Bruno? Te quiero en mi coñito, ¡ya!
Acto seguido estaba cabalgándome en el asiento del acompañante. Su melena, negra, sudada y de aroma dulzón, me rozaba la cara. Sus caderas poderosas me embestían como un ariete, golpeándome la polla como un monstruo siniestro.