jueves, 24 de septiembre de 2015

DOS POEMAS DE J. M. CHILABERT Y UN CARACOL

Vale, sí, lo reconozco. Estoy disfrutando como un niño. Sobre todo los fines de semana, cuando puedo permitirme el lujo de que las mañanas comiencen varias horas antes de que comience el día. Soy consciente de que, al ritmo que llevo, voy a necesitar veinte años para terminar algo que cualquier persona con cierto talento habría finiquitado en seis meses (y sin duda con mejor resultado). Pero, más allá del hecho de que seguramente elegí, de entre todas, la actividad para la que estaba menos capacitado, pesa la certeza incuestionable de que comencé esta novela siendo diez años más joven que el protagonista y ahora soy yo el que casi le saca diez años a él. Urge pues la necesidad de hacer algo, y en eso ando últimamente. Estos meses de verano, por ejemplo, además de someter la historia a una intensa cura de adelgazamiento (que ha reducido su extensión en más de un tercio), he comenzado a incorporar todo el componente gráfico asociado a la misma. Ahora mismo, mientras escribo esto, ando peleándome con un capítulo que reproduce íntegra una entrevista publicada en una revista literaria de provincias a uno de los protagonistas de la novela (el poeta cordobés J. M Chilabert, del que ya hemos hablado con anterioridad en este blog).

Sin duda, queda todavía mucho camino que recorrer, pero por primera vez siento que ese trecho no es nada si lo comparo con lo que ya he logrado dejar atrás.

Dejo a continuación los dos poemas que incluye la entrevista a J. M. Chilabert. Sobra decir que son horribles y que justifican por sí solos el por qué este autor no ha logrado nunca publicar nada en una editorial decente. Al mismo tiempo, reflejan con una fidelidad asombrosa los derroteros estilísticos por los que transita desde hace años este curioso y desconocido autor. 

Una pena gorda, vamos.