viernes, 10 de abril de 2015

LA CALLE (Inicio)


Supongo que fue una especie de premisa, una condición que me impuse hace casi veinte años, cuando comencé a poner los primeros ladrillos sobre los que se sustenta esta historia: que no empezaría a tomármela en serio hasta que todos los personajes en los que está basada hubieran fallecido.  

Desde entonces han transcurrido casi veinte años, y durante todo ese tiempo la historia ha permanecido en estado de hibernación, pasando del disco duro de un ordenador a otro, prácticamente igual a cómo la esbocé en octubre de 1996. 
Una historia que, sin embargo, y desde hace una semana, es la causa de todos mis desvelos.

Y que comienza así:




Cuando hace una semana le pregunté a mi abuela qué deseo le gustaría ver cumplido el día de su octogésimo cumpleaños, la pobre no lo dudó un segundo:
—¡Volver a la calle!
Y aquí estamos.
Yo, la verdad, no voy a negar que también tenía muchas ganas de conocer este lugar del que tanto he escuchado hablar durante años. Después de todo, en esta calle nació mi abuela, y en ella vivió con su familia hasta que el abuelo se jubiló y decidieron cambiar la vega de Villagenil por el clima agradable de la costa. No obstante, debo reconocer que mi primera impresión, nada más estacionar el coche a la entrada de la calle, no ha sido muy prometedora. No sé..., tal vez esperaba otra cosa. Mi abuela, en cambio, parece encantada con lo que le depara la vista, y apenas he apagado el motor se ha bajado del coche en dirección al primer bloque de pisos. Muy pronto sabré que, salvo contadas excepciones, la calle ha cambiado mucho en estos años, hasta el punto de que varias de las casas que había cuando ella vivía aquí han sido sustituidas por edificios de dos plantas. Curiosamente, nada de eso parece desanimar a mi abuela, que desde la otra acera me llama eufórica con la mano en alto. Yo me acerco hasta ella, sonriendo, mientras pienso que la alegría que transmiten sus ojos en ese momento justifica por si sola el largo viaje realizado hasta aquí, y apenas he llegado a su lado cuando ella me agarra del brazo y sin preámbulo alguno comienza a contarme la historia de la calle. Pero no la de esta, sino la de hace veinticinco años, esa calle que yace enterrada bajo los actuales bloques de pisos, que yo no puedo ver, pero que ella conserva nítida e intacta entre los recovecos de su prodigiosa memoria.