sábado, 13 de diciembre de 2014

ACERCA DE "LOS ENAMORAMIENTOS" DE JAVIER MARÍAS (Y ALGO MÁS)

Es una sensación que me ha estado acompañando mientras leía “Los enamoramientos”, de Javier Marías, y que ya había experimentado con anterioridad al acercarme a las últimas novelas de autores como Paul Auster o Mario Vargas Llosa: que parece como si algunos narradores, con el paso de los años, hubieran aprendido a escribir pero se hubieran olvidado de contar.


Soy consciente de que esto que acabo de escribir es tal vez una de las mayores gilipolleces que he escrito nunca, pero es lo que últimamente siento al acercarme a la obra de algunos de estos escritores, culpables en buena parte de mi vicio lector y a los que profeso un gran respeto y admiración. 


No sé…, abro cualquiera de sus libros más recientes y me encuentro textos impecables, estilísticamente perfectos. Sin embargo, los encuentro moribundos, carentes de alma, como si las historias que allí se pretendían contar hubieran quedado sepultadas por la técnica y el oficio. 

Escribo esto desde el convencimiento total y absoluto de que hasta la peor página de estos libros es mucho mejor que la inmensa mayoría de lo que hoy se escribe y publica. Y, pese a todo, no me llegan. En el caso de “Los enamoramientos” (por centrarme un poco en el que he leído más recientemente), me ha costado mucho creerme una historia en la que todos sus personajes parece que hablan con una misma voz. 

 

Y no es ya el hecho de que un servidor dude que haya gente que de verdad se exprese en su vida cotidiana como lo hacen los personajes de esta novela (en fin, a diario vemos en la televisión cómo hasta los tipos aparentemente más cultos y refinados sueltan verdaderas barbaridades en cuanto creen que no hay una cámara o un micrófono acechándolos), sino que en esta historia cualquiera de sus personajes (una profesora universitaria, un abogado, la empleada de una editorial o un matón de medio pelo) parece estar dotado de una elocuencia y una fluidez verbal envidiable. Puede que esto sea lo que más me ha chocado de esta novela, que todos sus personajes hablan igual y que hablan como no lo hace casi nadie en la vida real. Que, más que personajes, son simples marionetas que contribuyen a difundir la postura del autor ante determinados temas trascendentales. La consecuencia de esta uniformidad  es que (al menos para mí) la trama pierde credibilidad y no avanza sino con cuentagotas (abundan en el texto ejemplos en los que el autor dedica páginas y páginas a plantear una pregunta y esbozar una respuesta que bien podrían haberse resuelto en un par de líneas).

Pero, ya lo sabemos, esta es la particular forma de narrar de Marías, y así ha sido siempre. Yo mismo he disfrutado con muchos otros libros suyos antes de estrellarme con este. De modo que, quién sabe, tal vez todo lo escrito hasta ahora haya partido de un enfoque equivocado, y el problema no esté en la obra de estos narradores sino en mí mismo, que me estoy volviendo insensible o ciego, o directamente gilipollas.

1 comentario:

Alfredo J Ramos dijo...

Completamente de acuerdo, esa misma sensación tuve cuando lo leí: qué frases y períodos más bien construidos, pero qué poco me dicen. Siempre puede ser, claro, un problema del lector, de ahí el especial valor que uno le concede a la sintonía que nos lleva a pensar, ante el casi unánime arrobo, sobre todo femenino: "vaya, no soy sólo yo". Ahora bien, la obra tiene un personaje realmente asombroso, y de indudable estirpe chespiriana, vía sepultureros: el gorrilla. Confieso que lo que me llevó a concluir una lectura que se me hizo interminable fue la esperanza de encontrarme de nuevo con él.