miércoles, 12 de febrero de 2014

"Y"

Llevo dándole vueltas desde el miércoles pasado a un instante que tal vez compense por sí solo todos los sinsabores que últimamente siento que lleva asociada la tarea de enseñar, un fugaz episodio que tuvo lugar en el aula donde trabajo cuando, sorprendido por el silencio, levanté la vista de mi libro y descubrí a mis veintiún alumnos devorando con fruición los suyos. Verlos así, con la nariz pegada a sus textos y la mente flotando muy lejos, me arrancó una sonrisa enorme, de esas cuyo rastro tarda a veces días en diluirse por completo. “Ahora mismo”, pensé, “podría caer una bomba en el patio y ellos ni se inmutarían”.

Cuento esto porque cada día que pasa estoy más convencido de que el gran problema que tiene hoy la lectura en las escuelas no es otro que el trabajo que los maestros asociamos rutinariamente a la tarea de leer. Como decía un compañero, durante los cursos de animación a la lectura que solían celebrarse todos los años en el centro de profesores de Valdepeñas, lo que se está cargando la lectura en las escuelas es una letra minúscula, una conjunción copulativa capaz de inducir al suicidio por bostezos hasta al más aplicado y dispuesto de los alumnos, una fastidiosa “y” que los maestros no tenemos reparos en colocar cuando de leer se trata, de modo que para los alumnos leer nunca sea leer, sino “lee y resume”, “lee y comprende”, “lee y completa”...

Creo que no digo ninguna tontería cuando afirmo que leer correctamente es la llave que facilita el acceso al resto de aprendizajes, y que una mejora lectora lleva asociada en muchos alumnos una mejora en su rendimiento escolar y en sus notas. Sin embargo, leer para mí no debería ser nunca una obligación. Tal vez pienso así porque la lectura constituye en mi caso un vicio que empeora con los años, una necesidad vital como lo es comer o respirar, algo que me lleva a andar siempre metido en varias historias a la vez y que me absorbe hasta tal punto que si me deja algo de tiempo para descansar es sólo porque hasta cuando duermo sueño que estoy leyendo. 

Soy consciente de que hay muchos padres y docentes que piensan que a estas edades es muy difícil que un niño lea si no se le obliga a hacerlo. Yo, sinceramente, no alcanzo a entender cómo puede un crío desarrollar una pasión como la lectura imponiéndosela por la fuerza. 

Por ese motivo hago lo que puedo para que, en lugar de tener alumnos aburridos que sólo leen libros porque van a ser luego evaluados de ellos, tener a niños que disfruten leyendo lo que quieren y como quieren (1), sin esfuerzos adicionales ni trabajos al final de la lectura. 

A eso aspiro. 

Y con eso me conformo.


NOTAS:

(1)    Cada curso son más los niños que utilizan el portátil o su libro electrónico para leer. 

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