jueves, 18 de abril de 2013

LECTURAS EN EL BAÑO (ABRIL 2013)

Leer puede convertirse a veces en una espiral interminable, en un cúmulo de libros amontonados en el lavabo de tu cuarto de baño que no hace sino aumentar cada día que pasa. Consciente de ello, no hay año que no estrene reviviendo un mismo y ya viejo propósito: leer los libros de uno en uno.

Y lo cierto es que suelo empezar siempre muy bien. Enero va pasando y los libros se suceden en orden, sin agolparse, mientras mi mente hace gala de una disciplina y buena fe sorprendentes (1). 

Sin embargo, como dicen por aquí: “arrancada de caballo, parada de burro”.  Supongo que todo es consecuencia de la nefasta organización de mi tiempo libre, unido a las ansias por leer la montaña enorme de libros que he ido acumulando durante estos últimos años, pero el caso es que mis buenos propósitos se empiezan a torcer un día cualquiera y cuando quiero darme cuenta tengo otra vez seis u ocho libros apilados en el lavabo de mi cuarto de baño.


La mayoría de las veces esto no constituye un problema. Voy saltando de un libro a otro y más tarde que pronto acaban cayendo todos. En ocasiones, no obstante, sucede que la última historia en llegar empieza a acapararlo todo, y entonces mi mundo se comprime y reduce a la consecución de un objetivo básico: buscar como un politoxicómano desesperado un cuarto de hora, un minuto, diez putos segundos con los que arañar un par de renglones más de esa historia que me tiene comido el coco. Cosas así, claro, no pasan todos los días. De hecho, casi nunca pasan. A mí sólo me ocurre cuando, por ejemplo, releo “Historia de Mayta”. 


O “El extranjero”. 



O “Boquitas pintadas”. 


También cuando, de higos a brevas, me topo con “joyas” como “Knockemstiff”, “Residuos” o “Postales de invierno”.


Pero, sobre todo, y entenderás esto perfectamente si has leído algunas de las entradas anteriores, me pasa cuando leo a Luis Landero. 


Como ya he dicho, esta absurda pretensión por querer leerlo todo y querer leerlo ya debe tener su origen en la intensa privación lectora sufrida durante estos últimos años, en los que la literatura se ha mantenido en mi vida en un discreto segundo plano. Algo parecido me ocurre con el acto físico de adquirir libros. Condenado a buscarlos desde hace años por internet, y asqueado cada vez que piso una librería de Ciudad Real o, más recientemente, Córdoba (donde, sin excepción, podría haber quemado todos los libros expuestos en el escaparate sin que se hubiera cometido el más mínimo perjuicio a la Literatura), la verdad es que echo mucho de menos poder poner los pies en una librería de viejo. No sé… entrar en Códice, Abadía, Biblos (dios sabe si alguna de ellas seguirá todavía existiendo) y sentir el bofetón del papel viejo destrozando mis bronquios de asmático, dejar pasar las horas entre sus estanterías y mancharme los dedos de polvo, a la caza de alguno de esos libros que llevo años buscando infructuosamente. 

(Como “Cerdos para los antepasados”, de Rappaport, que estuve buscando no sé cuantos años…)

Llámame loco, pero tal vez por eso (como un inocente y burdo mecanismo de compensación) me descubro a veces observando mi pequeña biblioteca desde el comedor, como si vista desde allí fuera una de esas librerías de viejo que tanto frecuenté en el pasado, y que con infinito tesón y paciencia fui desvalijando para construir la mía (2) .



NOTAS

(1)  Sólo de ese modo puede explicarse que los Reyes me sorprendieran este año dando cuenta de “Robar en American Apparel”, un insulso e infumable bodrio que por momentos me hizo barajar la idea del suicidio por sobredosis apática)

(2)  Metafóricamente hablando, se entiende…

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