jueves, 20 de diciembre de 2012

¿Y AHORA?


Todavía me pregunto cómo diablos habré podido meterme todo eso en la cabeza. 

He de decir que el primer recuerdo que tengo de esta historia que ahora termina es una noche de octubre de 2006, entreteniendo a mi enana de apenas tres meses mientras resuelvo unos problemas de “Métodos estadísticos en Antropología Social”.

Entre ese momento y hoy han transcurrido seis años. Más de dos mil días con sus cosas buenas y alguna que otra bofetada de esas que marcan tu cara de por vida y te hacen comprender por las bravas que la felicidad no es más que un globo desinflándose a medida que desaparecen las personas que te mantenían con los pies en el suelo.

Y, entre tanto, una pila de etnografías y libros de texto que ha ido aumentando curso tras curso, y que ya es casi tan alta como lo es ahora mi niña.

Si mis cálculos no fallan, suman 41. Justo mi edad. 

Sin embargo, creo que si hay algo que representa a la perfección lo que para mí han sido todos estos años es mi rincón de estudio.


Cada uno de esos arañazos es la prueba física de las miles de horas robadas al sueño, a mi familia, a los cientos de libros imprescindibles cuya lectura he ido posponiendo una y otra vez. Miro esos arañazos y parece como si el tiempo se hubiera quedado grabado en la madera.

Pese a todo, creo que el esfuerzo ha merecido la pena, por más que reine en mí la misma sensación de desasosiego que ya experimenté en ocasiones anteriores. No es falsa modestia, de verdad. Parafraseando a Sócrates, no diré que no sé nada, pero sí que aprender, más que acumular conocimientos, se ha convertido para mí en la mejor forma de coleccionar dudas e incertidumbres. Tal vez es que uno ya no tiene remedio. O tal vez todo consista precisamente en eso.

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