domingo, 16 de diciembre de 2012

"LA MUÑECA RUSA", DE JUAN MIGUEL CONTRERAS CAMARENA


          Fue precisamente Greta la que me presentó a Milos varios días después de la llegada de éste a Almarga en julio de 1995; Greta tenía treinta y ocho, yo treinta y dos; Milos estaba a punto de cumplir cincuenta y cinco. Él había llegado a Almarga en lo que se conoce en el pueblo, medio en broma, como la segunda colonización artística. El año anterior a la llegada de Milos, en Almarga se puso en marcha una especie de programa europeo de desarrollo rural, cuya mayor parte del presupuesto se destinó en dar cursos y ayudas a nosotros los pueblerinos para intentar crear burbujeante riqueza, fomentando el turismo que llaman rural. Así que creamos todo tipo de empresas alrededor de aquel proyecto: hostales rurales –casas adecentadas coquetamente–, pequeñas empresas autogestionadas –casas donde se pasó a fabricar queso, vino o cualquier crema, aceite, papel y hasta licor con Aloe Vera–, restaurantes –casas decoradas como los hoteles rurales pero sólo para comer– y tiendas –casas donde vender todo tipos de regalos y detalles autóctonos–. Aunque las ayudas también incluían otras partidas; una de ellas era la adjudicación de becas para artistas, los cuales, durante los meses de verano, vivirían en casas de vecinos, ofrecidos voluntariamente y recompensados económicamente por ello, y crearían algo que finalmente se quedaría en el pueblo, con la intención, supongo, de darle así un aspecto más cultural a la comarca y de permitir a los artistas trabajar. El primer año, los artistas (veinticinco si no me falla la memoria) llegaron en su mayoría de universidades de Andalucía, aunque también creo recordar a una gallega medio loca y a un madrileño oscuro y sentimental.
En años posteriores, el abanico de edad y de calidad se ha ido ampliando enormemente y, a decir verdad, la mayoría ya no concebimos el verano sin todos esos entrañables y extravagantes lunáticos pululando entre los viejos del pueblo y los turistas en perpetuo bañador.
Fue el segundo año cuando vimos que no todo eran idealistas estudiantes con ínfulas artísticas y vidas resumibles en diez minutos, sino que también había gente con una edad a tener en cuenta y que había vivido en una vida lo que muchos seguramente no podríamos vivir ni en tres.
Milos Meisner, nacionalizado francés pero de origen checo, de cincuenta y cinco años, apareció en Almarga ese segundo verano. Según la biografía que adjuntaba, era escultor y pintor, y su obra ha sido expuesta, colectiva e individualmente en ciudades como París, Toulouse, Burdeos, Ámsterdam, Berlín o Nueva York. Entre los años 1971 y 1979, compaginando ruinosas becas de diversas universidades y fundaciones, fue recepcionista de hotel y electricista en París, tramoyista y escenógrafo del Théâtre Français de Poitiers, profesor adjunto de dirección artística en la Académie du Cinema “René Clair” y poeta, no sé si casual o no, pero al menos con dos libros editados por la editorial Le Terrain Vague: Prague et la fatalité” y “La lune est une sauvage moribond”, en 1975 y 1979 respectivamente. En la década de los ochenta fue profesor de plástica y dibujo en el instituto público “Gédéon Molle” de La Couronne, cerca de Angouleme. En los noventa abandona toda actividad docente y se dedica a exponer y viajar gracias a becas y a lo que vende gracias a su marchante, un parisino llamado Tristán Léglise, el cual, entre otros logros, consigue exponer su obra en Nueva York, aunque sin poder comunicárselo porque no sabe dónde localizarlo. Tras una beca de dos años en Toulouse, en 1995 llega a España becado por la fundación Manuel Robledo de Baeza, donde está otro año, y, hasta llegar a Almarga, viaja por la península con una pequeña furgoneta roja, sin más equipaje que una tienda de campaña, dos mochilas de ropa, una de libros, cajas de madera con sus herramientas de trabajo y una maleta con papeles viejos.
El proyecto que presentó era la realización de una escultura en bronce de un grupo de personas más o menos amontonadas, casi fundidas, como saliendo unas de otras, leyendo o mirando al horizonte; aunque en un principio la idea de que los cuerpos salieran o se confundieran unos con otros pudiera dar a entender una escultura con gran carga de violencia y angustia, Milos explicaba que la idea final era totalmente la contraria, pues los cuerpos y los rostros deberían reflejar calma, reflexión, quizá trabajo en equipo, esperanza y serenidad. Las medidas eran de cinco metros de ancho, dos de alto y dos de fondo. Milos especificaba además que dicha escultura estaría situada en una parte muy concreta del pequeño puerto pesquero de Almarga, exactamente a quince metros del borde del rompeolas, pues la sombra de la escultura en la puesta de sol barrería todo ese espacio hasta derramarse al mar.


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El fragmento que acabas de leer pertenece a “La muñeca rusa”, de Juan Miguel Contreras Camarena, uno de los libros que componían mi malograda lista de “Lecturas en el baño” del mes de septiembre -de la que ya (no)hablamos en la entrada anterior-.


La verdad es que llevo dos meses queriendo escribir algo sobre este libro. En concreto, desde que el pasado 19 de octubre acudí a su presentación en la Biblioteca Municipal de Manzanares (Ciudad Real). Allí, con dos dedos de mi mano derecha palpitando por el dolor y los calambres, y a la espera de que diera comienzo el acto, fue donde caí en la cuenta de que (aunque sólo fuese por proximidad geográfica -Manzanares está a apenas 12 kilómetros de donde yo vivo-) debería haber anunciado en el blog la presentación de este libro.


Ahora sé que si no lo hice fue sencillamente porque tanto mi presencia como el flujo de lecto-transeuntes por este páramo es tan exiguo de un tiempo a esta parte que dudo que hubiera añadido un solo asistente más a la presentación (cosa, por otro lado, difícil, pues el salón estaba repleto). Aun así, y pese a todo, sigo creyendo que hacerlo no habría estado de m­ás. 
 


Pero… a lo que vamos. Básicamente (intentaré ser escueto y no dar rienda suelta al enorme bocazas que llevo dentro, no vaya a ser que destroce el argumento), podemos decir que “La muñeca rusa” es una novela en la que se intercalan varias historias que toman como eje vertebrador a un escultor checo llamado Milos Meiner, historias que nos llevarán a lugares tan dispares como Praga, Baikonur o un pequeño pueblo de la costa almeriense, y nos sumergirán en periodos históricos tan atractivos y estimulantes como la Primavera de Praga o la carrera espacial rusa.

Creo que si tuviera que resumir la novela en una palabra, ésta sería, como dijo Teo Serna (poeta y amigo del escritor, que hizo las veces de maestro de ceremonias) “soledad”: la soledad de una niña desposeída de su pasado y de su identidad, la de un escultor que da vueltas y vueltas sin encontrar su lugar en el mundo, la de un librero andaluz cuya existencia parece confinada a un puñado de calles que no puede abandonar por culpa de su enfermedad, la soledad atroz de Alexi Belokonev, cosmonauta soviético, vagando desahuciado por el espacio exterior en busca de una muerte segura…

Sin embargo, más allá de los interesantes retazos de vida(s) que encierra, “La muñeca rusa” me ha gustado por su facilidad para generar en mí una serie de interrogantes y encrucijadas que han ido materializándose a medida que avanzaba en su lectura. Son personales, y en su mayoría están relacionadas con el propio proceso de escritura. Por eso, y porque hoy toca hablar de este libro y no de mis desvaríos mentales, me los guardaré para otra ocasión. Sin embargo, no quisiera dejar pasar la oportunidad de lanzar una pregunta que me persigue desde que terminé su lectura (y que también revoloteó, si la memoria no me falla, durante la presentación del libro): ¿Cómo es posible que un texto como “La muñeca rusa” no haya encontrado editor? En fin, vale que una editorial es un negocio y el editor un empresario que intenta ganar dinero haciendo algo que (es de suponer) le gusta, pero la verdad es que la cantidad de basura que últimamente se concentra alrededor de muchas de ellas es un signo evidente de que tal vez se estén traspasado ciertos límites éticos y literarios. Afortunadamente, esta postura del todo vale con tal de hacer caja, que prima por igual a cocineros de best sellers y a imberbes pandillas de catedráticos del autobombo y de las redes sociales, tiene su contrapartida en una serie de editoriales suicidas que, en tiempos de crisis, han emergido y están apostando por un puñado de títulos y autores con los que, presumo, no van a hacerse ricos. Sajalín, Errata Naturae, Blackie Books o la recién creada Pálido Fuego son (por poner sólo algunos ejemplos) una bofetada con la mano abierta a todos esos mercenarios de la cultura que están haciendo dinero a espuertas, con el manido argumento de que ellos sencillamente publican lo que los lectores quieren leer.

Y una mierda.

Como afirma José Luis Amores, editor de Pálido Fuego: “No se les puede achacar a los editores toda la culpa de los deficientes niveles culturales, pero parte de responsabilidad tienen, al haber ido bajando las expectativas de los lectores hasta niveles inadmisibles” (1).

Paradójicamente, no son pocas las editoriales de reciente creación que, aún siendo las responsables directas de que el actual panorama literario español no de pena o asco, están incurriendo en el mismo defecto que las otras: no admiten manuscritos de escritores noveles y/o no publican a autores españoles (vivos).

Toda esa limpieza y transparencia de la que hoy hacen gala muchas editoriales españolas puede extrapolarse también a numerosos concursos literarios importantes. Después de todo, son ellas mismas quienes los convocan y publican a los textos vencedores. A bote pronto me vienen a la cabeza un par de ejemplos que lo mismo me arrancan una sonrisa que me producen arcadas. El primero es el del ganador del último premio Planeta, que apenas dos días después contaba en su blog que lo había ganado de buena fe, aunque lo cierto es que (reconocía) la editorial llevaba ya bastante tiempo “animándole” a que se presentara (2). El otro nos lo proporciona el último premio de poesía Ciudad de Burgos, donde el galardón ha recaído en un poemario que no figuraba entre los finalistas seleccionados (casualmente obra de un amigo del presidente del jurado, que además ya tiene obra en la editorial encargada de publicar el poemario ganador). Lo gracioso o esperpéntico de todo esto es que, al preguntarle por lo anómalo de la situación, el presidente del jurado se defendía argumentando que "cuando al responsable de la editorial o a un miembro del jurado le llega la noticia de que alguien se ha presentado al premio, tiene derecho a pedir que su libro se añada a la deliberación". Yo me pregunto para qué diablos marean entonces la perdiz con prejurados o comités de lectura. O para qué tanta plica. O... (3).

De traca, vamos.

Visto lo visto, no deja de tener su mérito el que una historia como “La muñeca rusa” haya conseguido al final ver la luz. Sobre todo por los disgustos y sinsabores que a buen seguro se habrá llevado el autor en su periplo por diferentes editoriales y certámenes. Hablo sin saber, pero supongo que hay que tener mucha confianza en uno mismo, además de una voluntad de hierro para, después de un tiempo coleccionando cartas de rechazo, seguir pensando que lo que has escrito merece la pena y que nada ni nadie en el mundo va a privarte de lo que más te gusta en esta vida: crear historias. Eso, y un buen puñado de gente desinteresada y dispuesta a echarte un cable. Creo que tanto de una cosa como de la otra, Juan Miguel Contreras va sobrado.

Dicho esto, me gustaría terminar diciendo que “La muñeca rusa” es sin duda la novela que he leído en más formatos y soportes: en el portátil, en mi reader, en papel... En cierto modo, el libro ha resultado ser casi tan escurridizo como su autor, al que la mala suerte me impidió conocer todas las veces que visité “La Pecera”, la librería que hasta hace no mucho regentaba en Manzanares. Este inconveniente quedó subsanado tras la reciente presentación de su libro, pero no deja de ser curioso que, al tiempo que nos estrechábamos las manos, aflorara a mi mente la certeza de que ya nos habíamos visto con anterioridad, un día de hace cinco o seis años en el que entré a curiosear en su librería, con mi enana (entonces un bebé) colgada sobre mi pecho. 

Pero mi memoria, ya se sabe…


NOTAS:

(1)  Extraído de una entrevista al editor malagueño, publicada en La Opinión de Málaga el jueves, 22 de noviembre de 2012.
(2)  Para leer la entrada completa, pincha aquí.
(3)  Para leer la noticia completa, pincha aquí. Muy relacionada con esta noticia (pues los protagonistas son básicamente los mismos) tienes el Manifiesto de protesta por las irregularidades que, de modo sistemático, llevan años produciéndose en los Premios del Tren (más información aquí).

2 comentarios:

La Pecera del Caimán dijo...

Muchísimas gracias, "Juan"; fue un verdadero placer vernos, aunque fuera tan breve.
Milos también te da las gracias.

JUAN ALMOHADA dijo...

Que se repita pronto, Juan Miguel. Y ojalá que sea porque estás presentamdo un nuevo libro.