miércoles, 30 de mayo de 2012

DECONSTRUCTING WERT

No nos andaremos con tapujos. Lo que vamos a intentar desarrollar a continuación no es más que una idea que lleva años circulando por la red, y a la que un servidor no hubiera prestado la más mínima atención de no ser porque ciertas personalidades de reconocido prestigio llevan tiempo difundiéndola (aunque, eso sí, de forma anónima y discreta. Enseguida sabrán por qué). Me refiero a la tesis que defiende que José Ignacio Wert, actual Ministro de Educación y Cultura, es en realidad un implacable vampiro que en sus casi cinco siglos de vida ha desarrollado, además de unos sofisticados mecanismos de influencia y persuasión sobre los grupos en los que se infiltra, un odio visceral hacia los niños.


Por imperativos de tiempo (1) nos centraremos sólo en aquellos episodios de la trayectoria vital de esta criatura de las tinieblas que consideramos más relevantes. En concreto:

1.     El momento en el que Wert se convierte en vampiro.

2.     El momento en el que Wert comienza a desarrollar un odio exacerbado hacia los niños.

3.     Algunos ejemplos concretos que ilustran su enorme poder de influencia sobre el ciudadano medio.

Para desarrollar el primero de estos apartados es preciso retrotraerse hasta la primera referencia documentada que tenemos de nuestro protagonista (WILDEMAN, 1628). En ella, Wert aparece como Sebald de Weert, un navegante nacido en Amberes en 1567 que alcanzaría el grado de vicealmirante de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Todo parece indicar que fue en su primer viaje comercial por el Lejano Oriente cuando tuvo lugar su conversión vampírica. En concreto, en Annobon, una isla comercial africana al sur de Santo Tomé, donde la nave de Weert tuvo que hacer escala debido a un brote de escorbuto, allá por diciembre de 1599. A partir de esta fecha, las desgracias no harán sino cebarse con la tripulación de la nave, y aunque de modo oficial las reiteradas muertes y desapariciones han sido siempre achacadas al clima, las enfermedades y la extrema hostilidad de los nativos, a nadie se le escapa que a bordo del Geloof tuvieron lugar hechos de naturaleza muy extraña. Entre tanto, Weert, que se había enrolado hacía apenas unos meses como simple marinero, ya ejerce a principios de 1600 como capitán de la nave. A partir de ahí, y hasta su fingida muerte en Ceilán, en 1603, sembrará el pánico allá donde vaya.

Después de eso habrán de pasar muchos años para que volvamos a tener noticias de nuestro vampiro, y todavía más para localizar el germen de su patológico odio hacia los niños. En concreto, habrá que trasladarse hasta 1943, cuando José Ignacio Wert, más conocido entre la flor y nata de la intelectualidad parisina como León Wert (2), recibe una hermosa prueba de amistad de Antoine de Saint-Exupéry que, sin embargo, constituirá el inicio de la ruina del aclamado aviador y escritor. Nos referimos a la célebre dedicatoria que Saint-Exupéry brinda a Wert en el que, sin duda, es su libro más célebre: El principito.

A León Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan).

Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A LEÓN WERTH, cuando era niño


Para José Ignacio Wert, encontrar su apellido mal escrito por duplicado (3), con esa hache final que lo hace parecer británico, supone una ofensa ruin e injustificable. De hecho, no escasean las voces que señalan a nuestro resentido vampiro como principal responsable en la posterior desaparición de Saint-Exupéry, mientras sobrevolaba la isla de Riou. Por decir, hay incluso quien sostiene (4) que el autor de El principito no murió en ese accidente sino casi cuarenta años después, en un caserón apartado a las afueras del municipio burgalés de Porquera de Butrón (14 habitantes). Allí, custodiado por un esbirro de Wert, Saint-Exupéry pasaría hasta el último de sus días garabateando uno tras otro miles de cuadernos con una sola palabra:   
        
W  E  R  T

Lo curioso (y trágico) de todo este incidente es que, por rebuscados mecanismos psicológicos que escapan a nuestro entendimiento, Wert extendió la responsabilidad del pueril error de Saint-Exupéry a los futuros destinatarios del libro: los niños. Y, como consecuencia, se enfrascó en una encarnizada cruzada que dura hasta hoy, encaminada a la consecución de un fin irrenunciable: putearlos. No en vano, esa es la causa verdadera por la que, actualmente, Wert es Ministro de Educación y Cultura. Apenas han pasado 5 meses desde su nombramiento, pero a nadie se le escapa que Wert no ha perdido el tiempo. Hacinar a los alumnos en las aulas, suprimir colegios, líneas, becas y prestaciones, disminuir drásticamente el número de docentes… Todo eso, y lo que vendrá, es fruto de una mente maquiavélica y planificadora sin otro objetivo que conseguir que esos niños que un día le hicieron la vida imposible sean el día de mañana una masa de adultos desgraciados y sin futuro.

A partir del incidente de Wert con Saint-Exupéry, su rastro se hace más visible (gracias en parte a la progresiva omnipresencia de los medios de comunicación). No obstante, si por algo se ha caracterizado siempre nuestro protagonista es por saber moverse entre las sombras como pez en el agua. No olvidemos que, entre otras habilidades, Wert domina con soltura los medios de comunicación y ha hecho del estudio de la sociedad su campo de trabajo (5). Dos ejemplos, y con esto termino, bastarán para ilustrar este argumento:


EJEMPLO 1:

Tal vez el mayor mérito de Wert en su ya dilatada y sobrecogedora existencia sea el haber conseguido inmiscuirse en nuestras vidas sin que nosotros lo percibamos. Esta discreción patológica le ha permitido, entre otras cosas, conseguir cosas tan extraordinarias como colocar su apellido en el léxico de numerosos idiomas. Así, por ejemplo, “Wert” en alemán es un adjetivo que puede traducirse como valioso, especial. Esto, que no dejaría de ser una simple anécdota, adopta peliagudos matices cuando Wert anda por medio. Y es que, ¿qué es algo muy valioso y especial? 


Así es. Los Werther´s original.

Lo que muchos no saben es que el abuelete del anuncio de arriba es el propio Wert, transmutado, y que bajo ese spot tierno y familiar se esconde una planificada y brutal campaña de destrucción dental infantil, que entre las décadas de 1960 y 1970 provocó entre los menores de doce años una auténtica epidemia mundial de caries. Por otro lado, todo el que ha probado un Werther´s original sabe lo espeluznantemente “atascauzos” que son. En este sentido, la ADA (American Dental Association) lleva contabilizados (sólo entre 1989 y 2011) más de 6000 accidentes vinculados directa o indirectamente con esta marca de caramelos (desde dislocaciones leves de mandíbula y pérdida de piezas dentales a episodios transitorios de asfixia y deglución espástica).


EJEMPLO 2:

Otro de los secretos mejor guardados de nuestro protagonista es su faceta como accionista mayoritario en más de una veintena de grandes empresas. Él, claro, fiel a su costumbre de intentar pasar desapercibido, ha cuidado mucho que su nombre no aparezca en ninguna de ellas. Pero siempre quedan flecos sueltos para quien sabe buscarlos. Tal vez uno de sus secretos mejor guardados sea su condición de accionista mayoritario en empresas del ramo de la informática como Microsoft, Apple o Toshiba. Cómo si no creen ustedes que es posible conseguir cosas como esta: 

Sí, lo sé. No faltará quien argumente que esta gracia del teclado no es más que una conjunción de letras agrupadas así de modo caprichoso por el azar. Sin embargo, no sean incautos. Créanme si les digo que, en el mundo en el que nos ha tocado vivir, las casualidades no existen, y que el azar no es más que un cuento chino del que se valen tipos como Paul Auster para vender libros como rosquillas a idiotas con aspiraciones pseudointeletuales como, por ejemplo, yo.

Buenas noches.


BIBLIOGRAFÍA:

M.G. Wildeman "Bijdrage tot de familiegeschiedenis van 't geslacht Sweerts de Weert" (1628).


NOTAS:

(1)  Los exámenes de Antropología han caído de nuevo sobre mí y ya no me dejarán hasta casi mediados de junio.

(2) En este montaje casero se puede apreciar el cuanto menos intrigante parecido físico entre León Werth y José Ignacio Wert. 


(3) Hay constancia documentada de que, al menos desde mediados del siglo XVIII, Wert escribe ya su apellido como en la actualidad, sin la segunda “e” (Wert por Weert).

(4) AGUILAR ESPINOSA, A. y MARTÍN ARJONA, F. (2009): “El príncipe enjaulado. Crónica de un cautiverio sin fin”. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga.

(5) Wert tiene, además de una Licenciatura en Derecho, un Máster en Sociología Política. También ha impartido clases de Teoría de la Comunicación en la Universidad Complutense de Madrid, y ha desempeñado importantes puestos en empresas de sondeos de opinión y audiencias (como Demoscopia y Sofres). Un ejemplo de su producción académica puede encontrarse pinchando aquí.

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