viernes, 6 de abril de 2012

CHILABERT 3.0. (UN AMAGO DE ENTREVISTA. PARTE 1)

(Lo que van a leer ustedes a continuación es la primera de las dos partes en las que he intentado resumir los cuatro encuentros que un servidor ha mantenido recientemente en Córdoba con el poeta y narrador J. M. Chilabert. En concreto durante los días 1 y 2 de abril).


PRIMER ENCUENTRO: DOMINGO, 1 DE ABRIL. 9:00 AM
Si hay una característica que define a la perfección a J. M. Chilabert es que con él nada es lo que parece. De ahí que cuando hace unos días me pidió mi dirección en Córdoba para, acto seguido, anunciarme que se pasaría por mi piso el próximo domingo a las 8:45 de la mañana (sí, han leído bien, a las 8:45 de la mañana), no supiera muy bien si mandarlo a la mierda o darle las gracias por acceder a reunirse tan prontamente conmigo. Esta sensación ambigua y desconcertante se acentuaría días más tarde, nada más abrirle la puerta, en la que ha sido (digámoslo así) la entrevista más insípida y fugaz que jamás le he hecho a nadie en mi vida.
 Apenas treinta segundos.
 El tiempo justo para descubrir:
    1.   Que la puntualidad no es precisamente el punto fuerte de Chilabert (El tipo se presenta pasadas las 10:30…).
   2.  Que nuestro poeta y narrador se saca un sueldo extra de jueves a domingo como repartidor de churros a domicilio (…vestido con una gorra y una cazadora amarillo-verdosa de “TeleChurro”…).
   3. Que parece que el domingo se le ha complicado en el último momento, de forma inesperada (… para preguntarme si podemos posponer nuestro encuentro hasta las doce).

En su descargo he de decir que, antes de marcharse, Chilabert se marca un detalle:
―Toma ―me dice, tendiéndome una enorme y aceitosa bolsa de papel repleta de jeringos―. Por la espera.
Eso sí, de literatura, como ya habrán adivinado, nada de nada…


SEGUNDO ENCUENTRO: DOMINGO, 1 DE ABRIL. 12:00 AM
Con la lección todavía no aprendida y mi barriga sufriendo de lleno los primeros efectos del “churro palanca” (1) me presento en la Iglesia de San Nicolás de la Villa, unos minutos antes del mediodía. A su alrededor hay congregados un gran número de ciudadanos  y componentes de una banda de música. 

Reconozco que, visto lo extravagante de mi primer encuentro con el poeta, fantaseo durante unos instantes con la posibilidad de que Chilabert cambie su atuendo y se presente a esta segunda cita vestido de músico. “Este cabrón”, pienso al tiempo que miro nervioso hacia un lado y el otro, “es capaz de tenerme toda la procesión detrás de él, mientras toca el tambor o la corneta”. Mis temores, sin embargo, no sólo no van a disiparse sino que se acrecientan cuando (casi media hora después, con la procesión a punto de comenzar) Chilabert aparece vestido de nazareno. Pueden ustedes creerme o no, pero el caso es que el tipo se las ingenia para tenerme hasta casi las tres pegadito a su túnica, en una actitud que a mí me recuerda a la de esos críos que en Semana Santa pululan alrededor de los nazarenos en busca de cera con la que confeccionar una bola de proporciones mayores que las de sus compañeros. Mentiría si les dijera que durante todo ese periodo de tiempo al menos consigo hablar de los proyectos literarios de Chilabert. Muy al contrario, el tipo va a dedicar cada una de las numerosas paradas de la procesión a contarme con pelos y señales un novedoso estudio que acaba de concluir un gran amigo suyo, apodado “Séneca”, acerca de la cuantificación de la felicidad absoluta en la era globalizadora. Cuando al fin consigo escaquearme (con la excusa de que en casa ya deben de tener mi plato puesto en la mesa desde hace rato) Chilabert introduce su mano derecha por debajo de la túnica y me entrega una entrada arrugada y doblada en cuatro partes. “Pásate por allí esta tarde”, me dice, “a ver si por fin podemos hablar con más tranquilidad…”.
(Recorte del diario Córdoba del lunes 2 de abril, enviado por Chilabert a un servidor vía email. En él (según el esquema de J. M.) aparecemos señalados los dos en plena “conversación” durante la procesión de la Borriquita).


TERCER ENCUENTRO: DOMINGO, 1 DE ABRIL. 20:00 PM

La primera cuestión que me viene a la mente, mientras espero sentado la llegada de Chilabert, es cómo diablos se las ingeniará mi entrevistado para conseguir hablar con más tranquilidad en el Fondo Sur de un estadio abarrotado con casi veinte mil personas. 

No ayuda mucho a responder mi duda el hecho de que, cuando al fin llega (cómo no, tarde), lo hace acompañado de tres amigos:
      ·   El ya famoso Séneca (que además de pensador “freelance” se gana la vida como agente judicial en no sé cuál juzgado).
     · Alf  (según parece, el único casado y padre de familia del grupo. Por lo visto está en paro, sale a todas horas en los periódicos (???), y es especialista en opositar a oposiciones que, como dice Chilabert “nunca salen, y cuando salen nunca aprueba”)
     ·   Otro tío cuyo nombre no recuerdo, pero que a sus treinta y pico todavía vive con su madre y trabaja como charcutero en un hipermercado a las afueras de Córdoba.
Pese a todo, a medida que el encuentro avanza, y entre cánticos de gran sustrato intelectual (como “árbitro cabrón” o “ese linier, qué hijoputa es”), Chilabert comienza a compartir conmigo algunas migajas de lo que, según él, es su “poética y personalísima forma de entender la literatura y la vida”, al tiempo que deja entrever la que, sin duda, representa su influencia literaria capital:
―Bukowski, tío. Siempre Bukowski. Ese cabrón sí que sabía…
J. M. Chilabert deja la frase así, en el aire, y es justo en ese momento, mientras el Córdoba da buena cuenta del Hércules, cuando empiezo a tomar conciencia de que lo que este personaje anhela en el fondo es ser un escritor maldito. Después de todo, qué diablos lleva haciendo desde hace años si no es garabatear en cuadernos de cuadritos cientos de poemas y novelas interminables en las que Martin Schickler (su casposo y cutre alter ego) se pasa el día y la noche entera bebiendo y follando con todas las cordobesas y guiris que se cruzan en su camino. El problema (básicamente) es que ni Chilabert escribe como Bukowski, ni (por lo que empiezo a intuir) vive, bebe o folla como Bukowski. Yo, en confianza, creo que J. M. Chilabert sabe todo esto (en el fondo tiene que saberlo). Como también sabe que no terminará jamás una novela, que todas esas historias que cada noche sueña que escribe llevan ya demasiados años atascadas por la misma página.
Poco antes de que finalice el partido, Chilabert me mira y me pregunta a bocajarro si creo en el destino. “Bueno, no sé…”, balbuceo. “¿Por qué lo dices?”
Chilabert me señala con los ojos el respaldo de la butaca de más abajo.

Cuando quiero decir algo, ya es demasiado tarde.

NOTAS:
(1): En breve colgaré en el blog una entrada en la que hablo largo y tendido acerca de esta modalidad endémica de preparación e ingesta de churros, transmitida y perfeccionada en el seno de mi familia desde hace más de cinco generaciones.

5 comentarios:

carlos de la parra dijo...

Relato digno de una ovación de pié con lágrimas de alegría. Bravo.

JUAN ALMOHADA dijo...

Muchas gracias, Carlos.

Estoy detrás de Almohada para que me pase de una vez por todas la segunda parte de esta entrevista imposible. Intentaremos "colgarla" esta semana.

Saludos manchegos.

Anónimo dijo...

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Maribel dijo...

Genial, je je

JUAN ALMOHADA dijo...

Si, bueno... que no te pase, jejeje