sábado, 28 de abril de 2012

CHILABERT 3.0. (UN AMAGO DE ENTREVISTA. PARTE 2)


Reconozco que acudo con la mosca detrás de la oreja al que va a ser mi último encuentro con el poeta J. M. Chilabert, no tanto porque me haya citado en el Museo Arqueológico como porque (desconfiado) he consultado en el periódico los horarios y, tal y como temía, los lunes suele estar cerrado. Pese a todo decido acercarme hasta allí, y para mi sorpresa lo encuentro abierto (1). De Chilabert (una vez más) no hay ni rastro, pero como el museo es gratis y lo han reformado hace poco decido entrar a echar un vistazo. Ya comentamos en la entrada anterior que nuestro protagonista se ganaba unos euros extras repartiendo churros a domicilio, (trabajo que, según tengo entendido, compagina como puede con el de auxiliar de enfermería en una residencia geriátrica), pero cuando media hora más tarde me topo con él (embutido en un ajustado uniforme azul marino que le sienta como el culo), vigilando la sala de “Creencias religiosas y ritos funerarios”, me quedo más de piedra que las antigüedades que custodia.
 ―Bueno―me dice ―, de algún modo hay que ganarse la vida…
 La pregunta, llegado a este punto, es evidente: Si este tío trabaja por las noches en la residencia, repartiendo churros por las mañanas, y como vigilante en el arqueológico por las tardes, ¿cuándo coño duerme?



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Poco antes de salir del museo (y a pesar de que, en su momento, Chilabert me ha dejado muy claro que no quiere que le tome fotografías (2)), me armo de valor y consigo retratarlo sin que se dé cuenta. El resultado es esta mierda:


Ya en la calle los dos nos quedamos parados, sin saber qué decir. “¿Te apetece cenar?”, pregunta mientras se enciende un cigarrillo, cuando el silencio entre ambos comienza a resultar incómodo.
 ―Bueno, pero he…he venido andando.
No problem―dice, y echa a andar.
 Durante unos instantes busco con la mirada un coche, una moto, pero en lo que finalmente acabo montado es en la barra de una bicicleta oxidada y burdamente decorada con pegatinas de hojas de marihuana y de Bob Marley. Así, sentado de lado, me pasea por media Córdoba. Yo intento sobreponerme al sonrojo imaginando cómo será el lugar al que nos dirigimos. No sé, algún recóndito tugurio perdido en lo más profundo de la Judería, una diminuta bodega familiar donde voy a degustar manjares que me hagan olvidar todos los sinsabores de esta espeluznante entrevista (3). En su lugar (no podía ser de otra manera) Chilabert me lleva al Vial Norte, a un Foster´s Hollywood en el que, cuando quiero darme cuenta, estoy rodeado de pandillas de adolescentes y familias tardopeperas y progremodernas.
Tras darle mil vueltas a la carta me decido por una Le Grand Chef burger. Chilabert, entretanto, no para de hablar. No dedica ni un segundo al menú, pero cuando llega el camarero para tomar nota levanta la vista y empieza a pedir platos como si en aquella mesa fuéramos a comer cinco o seis personas.
―La cena es para mí la comida más importante del día ―dice, como disculpándose―. Piensa que de aquí a una hora me meto en la residencia y hasta mañana sin comer se hace muy largo…
Lo cierto es que este restaurante, además del apetito, parece haberle abierto las ganas de hablar a nuestro protagonista.


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Recuerdo haber comentado en alguna entrada anterior cómo Chilabert, después de un montón de años dando tumbos por este difícil mundo de la literatura, apenas si había conseguido ser incluido en una docena de libros colectivos en editoriales de tercera. Pues bien, esto (puedo confirmarlo ahora) no es del todo cierto. Según me cuenta (mientras engulle un plato tras otro con pasmosa rapidez) hubo una temporada en la que se buscó la vida (y, según parece, se la ganó bastante bien) a fuerza de presentar a un sinfín de concursos literarios obras de autores consagrados sutilmente reescritas por él.
―Básicamente, la idea era denunciar el alarmante nivel de incultura de la mayoría de los jurados literarios de este país ―me dice, al tiempo que se hurga con determinación una muela con la uña―.
―¡Pero eso debía ser un engorro tremendo! ―le digo―, porque luego tendrías que andar dando explicaciones a mucha gente y renunciando al dinero de los premios.
―¡Y una mierda! ―responde, soltando una carcajada espantosa que despide pedacitos de su Cheese Chicken burger por medio local (incluido mi pelo, mi oreja derecha y ―por triplicado― mi vaso de Pepsi) ―. Que lean más. No te jode…

(Fotografía parcial de J. M. Chilabert, ya sin el uniforme de vigilante, obtenida mientras éste que escribe simulaba fotografiar su hamburguesa con la excusa de enseñársela luego a su hija)

Por más que insisto, no consigo que Chilabert confiese cuántos cuentos clásicos ha fusilado (o, como él dice, “ha hecho suyos”), y mucho menos cuánto dinero se ha embolsado con estas “curiosas operaciones de maquillaje”. Tampoco si lo que me está contando es cosa del pasado, o si sigue haciéndolo en la actualidad. Lo que sí logro es que me cuente cómo empezó todo.
―Fue con “Dos hermanas”, el genial aunque poco conocido cuento que abre Dublineses, de James Joyce. Yo andaba por entonces más tieso que la mojama. Me pasaba el día sableando a los amigos, abusando de la familia. Una noche, borracho como una cuba, comencé a leer este cuento y, sin darme cuenta, casi por diversión, comencé a cambiarle los nombres a los personajes. Todo sonaba tan bien y yo estaba tan desesperado que cogí el ordenador y empecé a reescribirlo, ambientando sutilmente la trama en una conocida zona de la ciudad donde se organizaba un importante concurso al que deseaba presentarme. Al día siguiente, todavía bajo los efectos de una de las peores curdas que he cogido en mi vida, fui a Correos y lo mandé. No volví a acordarme del cuento nunca más, hasta que cinco meses después recibí una llamada en la que me anunciaban que acababa de ganar el Primer premio. 1500 euros la saca y un fin de semana gratis en un hotel de puta madre en plena Costa del Sol.
―Pero…
―Jajaja…Mira, Almohada, aquí en España hasta el último gilipollas presume de haber leído el Ulises, pero a la hora de la verdad lo más profundo que ha ojeado es El tiempo entre costuras. La cuestión es que si toda esa gente que dice haber leído a Joyce en realidad no tiene ni puta idea de quién es Leopold Bloom, cómo coño va a saber de qué va Retrato del artista adolecente. Y mucho menos un cuento perdido de Dublineses. Lo que quiero decir con todo esto es que el mundillo literario está lleno de “yolandinos”, pretenciosos del tres al cuarto que no han leído un libro de verdad en su puñetera vida. Todos ellos son, a fin de cuentas, simples desgastadores de tapas, paseadores de tochos inmortales por cuanta presentación caiga en su radio de alcance, sin otro objetivo en la vida que dejar que los demás vean lo listos que aparentan ser, cuando la verdad es que se pasan las noches viendo Telecinco o pajeándose como macacos detrás de la ventana, mientras espían a la vecina cuarentona que tiende la ropa en camisón.
Un camarero se para ante nosotros.
―¿Le traigo otra Pepsi, caballero? No sé si sabe que el refill es gratis. ..
―¡Gratis! ¡Y una mierda gratis! Me venís con el cuento de que pagas una y te tomas las que quieras, pero luego en la cuenta me sangráis más de 3 euros por una porquería de agua carbonatada con regusto a Pepsi que va a tenerme tres días sentado en el váter, cagándome por la pata abajo cada cinco minutos.


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Pocos minutos después el camarero (todavía con la cara roja como un tomate por la vergüenza) se presenta con el combo de postres que ha pedido Chilabert. Al verlo estoy tentado de gritar. No en vano ocupa casi media mesa.
Mientras me repongo del susto formulo a Chilabert la que tal vez sea la pregunta cuya respuesta más me intriga: ¿Cómo diablos espera ganar alguna vez un concurso literario presentando la mierda de  poemas y microrrelatos que escribe, plagados hasta la saciedad de groserías y obscenidades? También, si alguna vez se ha parado a pensar en la cara que se les debe de quedar a los jurados de todos esos certámenes literarios en los que participa cuando empiezan a leer sus textos.
Con más de doscientos gramos de nata repartidos entre sus labios, barbilla y (lo juro) las dos cejas, J. M. Chilabert me confiesa que todo eso se la pela, que él no sabe escribir de otra forma y que no se puede gustar a todo el mundo. Yo pienso si la cuestión no será, simplemente, llegar a gustarle de verdad a alguien, pero en su lugar le pregunto si alguna vez ha ganado un concurso de forma limpia.
Chilabert sonríe, sin bajar la mirada del combo de postres, y afirma que sí, que ha ganado bastantes (¿?). El último de poesía.
Poesía amorosa.
Erótica.
―Vi las bases en Internet, por casualidad, cuarenta minutos antes de que finalizara el plazo de recepción de originales. Y, aunque parezca mentira, en ese momento no tenía escrito ni un solo poema erótico que se adaptara a las características del concurso. Cuentos guarros sí. Cientos. Entre ellos uno muy bestia de unas seiscientas palabras que escribí en Málaga, en 1995, una noche que andaba hasta el culo de mojitos, en un piso de estudiantes repleto de tías buenas que (inexplicablemente) acabaron follando con otros. En un primer momento pensé en colar el cuento como “prosa poética”. Así, sin más. Pero luego, justo cuando estaba a punto de enviarlo (no serían menos de las 23:45) me vino a la cabeza el término “poema visual”. El problema es que, entre que soy un negado para la informática y que los minutos volaban, no se me ocurrió otra idea mejor que dibujar con un rotulador un puto corazón sobre la pantalla del ordenador. Luego, con el espaciador, a duras penas, fui ajustando como pude el texto hasta que éste adoptó la forma de ese corazón. Resumiendo: una mierda. Y de las gordas. Máxime cuando, minutos después, al intentar borrar el corazón de la pantalla, caí en la cuenta de que el rotulador que había utilizado era el permanente que suelo usar para rotular los deuvedés de las películas que me bajo ilegalmente de Internet. Dos meses después se falló el premio y lo gané. Ex aequo (no se puede ser más desgraciado, para un concurso que gano). Con lo que pillé ―dice, apurando los miligramos de chocolate y nata que todavía hay esparcidos por la bandeja del postre―, no tuve ni para comprarme una pantalla nueva.



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¿En qué andas trabajando últimamente?
Bueno, digamos que tengo bastante avanzada una nueva novela.
¿Podrías avanzarnos algo? ¿Tienes ya un título para ella?
―17.
―¿17?
―Es la decimoséptima novela que escribo. Como ninguna editorial va a publicarla, es de idiotas perder el tiempo buscando un título.
―(…)
―Lo que sí puedo es contarte cómo empieza.
Y nos regala el inicio:

“Se pasa las noches viendo porno. Pajeándose sin piedad. Imaginando que es él quien está encima de una guarra japonesa que chilla como si la estuvieran partiendo en canal, que es suya la polla que una zorra mulata se está tragando hasta la mismísima frontera de sus cojones”.


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Podría acabar esta entrevista diciendo que al final (como era de esperar) Chilabert se las apaña para escaquearse del restaurante sin pagar. Decir, por ejemplo, que se refugió en el cuarto de baño en cuanto vio acercarse al camarero con la cuenta. O que simuló con gran solvencia haber olvidado la cartera en la taquilla del Arqueológico. Sin embargo, no puedo hacerlo. Estaría faltando a la verdad. Pues lo cierto es que no tengo que invitarlo.
Ahora bien, él tampoco me invita.
―A pachas, tío, que la vida está muy cara ―me dice, dejando un billete sobre la cuenta.
Una vez en la puerta del Foster´s le estrecho la mano y nos despedimos, no sin antes pedirle permiso para incluir alguna de estas conversaciones en mi blog.
―Por mí como si escribes una novela con mi puta vida de mierda.
Allí, viéndolo marchar montado en su horrible bicicleta, camino del trabajo, pienso en todo lo vivido durante este par de días a su lado.
Y le tomo la palabra…

NOTAS:
(1)  Según me informan en la taquilla, el museo ha abierto excepcionalmente este lunes para atender a los turistas que visitan en masa la ciudad de Córdoba durante la Semana Santa.
(2)  La verdad, no consigo entender las razones que tendrá para no querer ser retratado. Después de todo no serían más que fotografías de un tipo que nadie conoce en un blog que nadie lee.
(3)  En especial, los hechos acontecidos en la sala 3X tras el partido de fútbol del domingo, los cuales (como habrán observado) he evitado mencionar en esta entrada. Sólo espero que entiendan mi deseo de no compartir con ustedes algo que quisiera olvidar y que, por desgracia, sé que me perseguirá mientras viva.

viernes, 6 de abril de 2012

CHILABERT 3.0. (UN AMAGO DE ENTREVISTA. PARTE 1)

(Lo que van a leer ustedes a continuación es la primera de las dos partes en las que he intentado resumir los cuatro encuentros que un servidor ha mantenido recientemente en Córdoba con el poeta y narrador J. M. Chilabert. En concreto durante los días 1 y 2 de abril).


PRIMER ENCUENTRO: DOMINGO, 1 DE ABRIL. 9:00 AM
Si hay una característica que define a la perfección a J. M. Chilabert es que con él nada es lo que parece. De ahí que cuando hace unos días me pidió mi dirección en Córdoba para, acto seguido, anunciarme que se pasaría por mi piso el próximo domingo a las 8:45 de la mañana (sí, han leído bien, a las 8:45 de la mañana), no supiera muy bien si mandarlo a la mierda o darle las gracias por acceder a reunirse tan prontamente conmigo. Esta sensación ambigua y desconcertante se acentuaría días más tarde, nada más abrirle la puerta, en la que ha sido (digámoslo así) la entrevista más insípida y fugaz que jamás le he hecho a nadie en mi vida.
 Apenas treinta segundos.
 El tiempo justo para descubrir:
    1.   Que la puntualidad no es precisamente el punto fuerte de Chilabert (El tipo se presenta pasadas las 10:30…).
   2.  Que nuestro poeta y narrador se saca un sueldo extra de jueves a domingo como repartidor de churros a domicilio (…vestido con una gorra y una cazadora amarillo-verdosa de “TeleChurro”…).
   3. Que parece que el domingo se le ha complicado en el último momento, de forma inesperada (… para preguntarme si podemos posponer nuestro encuentro hasta las doce).

En su descargo he de decir que, antes de marcharse, Chilabert se marca un detalle:
―Toma ―me dice, tendiéndome una enorme y aceitosa bolsa de papel repleta de jeringos―. Por la espera.
Eso sí, de literatura, como ya habrán adivinado, nada de nada…


SEGUNDO ENCUENTRO: DOMINGO, 1 DE ABRIL. 12:00 AM
Con la lección todavía no aprendida y mi barriga sufriendo de lleno los primeros efectos del “churro palanca” (1) me presento en la Iglesia de San Nicolás de la Villa, unos minutos antes del mediodía. A su alrededor hay congregados un gran número de ciudadanos  y componentes de una banda de música. 

Reconozco que, visto lo extravagante de mi primer encuentro con el poeta, fantaseo durante unos instantes con la posibilidad de que Chilabert cambie su atuendo y se presente a esta segunda cita vestido de músico. “Este cabrón”, pienso al tiempo que miro nervioso hacia un lado y el otro, “es capaz de tenerme toda la procesión detrás de él, mientras toca el tambor o la corneta”. Mis temores, sin embargo, no sólo no van a disiparse sino que se acrecientan cuando (casi media hora después, con la procesión a punto de comenzar) Chilabert aparece vestido de nazareno. Pueden ustedes creerme o no, pero el caso es que el tipo se las ingenia para tenerme hasta casi las tres pegadito a su túnica, en una actitud que a mí me recuerda a la de esos críos que en Semana Santa pululan alrededor de los nazarenos en busca de cera con la que confeccionar una bola de proporciones mayores que las de sus compañeros. Mentiría si les dijera que durante todo ese periodo de tiempo al menos consigo hablar de los proyectos literarios de Chilabert. Muy al contrario, el tipo va a dedicar cada una de las numerosas paradas de la procesión a contarme con pelos y señales un novedoso estudio que acaba de concluir un gran amigo suyo, apodado “Séneca”, acerca de la cuantificación de la felicidad absoluta en la era globalizadora. Cuando al fin consigo escaquearme (con la excusa de que en casa ya deben de tener mi plato puesto en la mesa desde hace rato) Chilabert introduce su mano derecha por debajo de la túnica y me entrega una entrada arrugada y doblada en cuatro partes. “Pásate por allí esta tarde”, me dice, “a ver si por fin podemos hablar con más tranquilidad…”.
(Recorte del diario Córdoba del lunes 2 de abril, enviado por Chilabert a un servidor vía email. En él (según el esquema de J. M.) aparecemos señalados los dos en plena “conversación” durante la procesión de la Borriquita).


TERCER ENCUENTRO: DOMINGO, 1 DE ABRIL. 20:00 PM

La primera cuestión que me viene a la mente, mientras espero sentado la llegada de Chilabert, es cómo diablos se las ingeniará mi entrevistado para conseguir hablar con más tranquilidad en el Fondo Sur de un estadio abarrotado con casi veinte mil personas. 

No ayuda mucho a responder mi duda el hecho de que, cuando al fin llega (cómo no, tarde), lo hace acompañado de tres amigos:
      ·   El ya famoso Séneca (que además de pensador “freelance” se gana la vida como agente judicial en no sé cuál juzgado).
     · Alf  (según parece, el único casado y padre de familia del grupo. Por lo visto está en paro, sale a todas horas en los periódicos (???), y es especialista en opositar a oposiciones que, como dice Chilabert “nunca salen, y cuando salen nunca aprueba”)
     ·   Otro tío cuyo nombre no recuerdo, pero que a sus treinta y pico todavía vive con su madre y trabaja como charcutero en un hipermercado a las afueras de Córdoba.
Pese a todo, a medida que el encuentro avanza, y entre cánticos de gran sustrato intelectual (como “árbitro cabrón” o “ese linier, qué hijoputa es”), Chilabert comienza a compartir conmigo algunas migajas de lo que, según él, es su “poética y personalísima forma de entender la literatura y la vida”, al tiempo que deja entrever la que, sin duda, representa su influencia literaria capital:
―Bukowski, tío. Siempre Bukowski. Ese cabrón sí que sabía…
J. M. Chilabert deja la frase así, en el aire, y es justo en ese momento, mientras el Córdoba da buena cuenta del Hércules, cuando empiezo a tomar conciencia de que lo que este personaje anhela en el fondo es ser un escritor maldito. Después de todo, qué diablos lleva haciendo desde hace años si no es garabatear en cuadernos de cuadritos cientos de poemas y novelas interminables en las que Martin Schickler (su casposo y cutre alter ego) se pasa el día y la noche entera bebiendo y follando con todas las cordobesas y guiris que se cruzan en su camino. El problema (básicamente) es que ni Chilabert escribe como Bukowski, ni (por lo que empiezo a intuir) vive, bebe o folla como Bukowski. Yo, en confianza, creo que J. M. Chilabert sabe todo esto (en el fondo tiene que saberlo). Como también sabe que no terminará jamás una novela, que todas esas historias que cada noche sueña que escribe llevan ya demasiados años atascadas por la misma página.
Poco antes de que finalice el partido, Chilabert me mira y me pregunta a bocajarro si creo en el destino. “Bueno, no sé…”, balbuceo. “¿Por qué lo dices?”
Chilabert me señala con los ojos el respaldo de la butaca de más abajo.

Cuando quiero decir algo, ya es demasiado tarde.

NOTAS:
(1): En breve colgaré en el blog una entrada en la que hablo largo y tendido acerca de esta modalidad endémica de preparación e ingesta de churros, transmitida y perfeccionada en el seno de mi familia desde hace más de cinco generaciones.