jueves, 5 de enero de 2012

RADIOGRAFÍA DE UN DÍA CUALQUIERA (02)

6.50: Suena la alarma. Intento salir de la cama sin hacer ruido, para no despertar al enano, pero el móvil se me escurre de las manos y se hace trizas en el suelo. Es 31 de diciembre.


7:05: Tras pasar por el cuarto de baño y zamparme los dos primeros polvorones de chocolate que pruebo estas navidades, me siento en el comedor y comienzo a estudiar Etnología Regional. Subrayo tres artículos incluidos en “Temas de Etnología regional”, de Nuria Fernández Moreno (UNED. Madrid, 2004):

  • “Porcofilia y porcofobia”, de M. HARRIS (En HARRIS, M. 1974. Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura. Alianza. Madrid). Interesante estudio que intenta explicar por qué algunos pueblos aborrecen el cerdo mientras que otros lo aman. Harris sostiene que en la Biblia y el Corán se condena al cerdo y se prohíbe el consumo de su carne porque su cría constituía una amenaza real a la integridad de los ecosistemas naturales y culturales de Oriente Medio. Esas antiguas comunidades, que combinaban la agricultura con el pastoreo, apreciaban a los animales domésticos como las cabras, las ovejas o las vacas, porque les proporcionaban leche, queso, pieles, boñiga o tracción para arar, además de carne. El cerdo, en cambio, constituía un artículo de lujo, pues su explotación estaba encaminada a la única y exclusiva obtención de carne. Esto hace que el cerdo estuviera en clara desventaja frente a los rumiantes, mucho mejor adaptados al clima árido de estos lugares (de hecho, el cerdo, aunque es omnívoro, no puede subsistir sólo a base de hierba, y precisa de otros alimentos que, en el caso que nos ocupa, lo convertían en un claro competidor del hombre. Además, el cerdo no estaba bien adaptado termodinámicamente al clima caluroso y seco de las tierras de la Biblia y el Corán, no era una fuente de leche, y no era fácil conducir las piaras a través de grandes distancias). En el otro extremo Marvin Harris nos muestra una serie de comunidades que se caracterizan por su amor al cerdo. Un ejemplo de ellas es descrito por Ray Rappaport en su libro “Cerdos para los antepasados”, donde describe a un grupo tribal que habita en Nueva Guinea cuya existencia gira en torno a la cría y posterior sacrificio masivo de sus cerdos. Resumiendo mucho, los diferentes clanes locales celebran cada diez o doce años un festival de cerdos llamado kaiko (en el que se sacrifican y consumen la casi totalidad de los cerdos) al que sigue un periodo de guerra y posterior tregua, todo lo cual tiene como objetivo último la autorregulación de su ecosistema (mediante el ajuste del tamaño y distribución de la población animal y humana en función de los recursos disponibles y las oportunidades de producción).
  • “Capacidad mental del negro”, de V. BEATO GONZÁLEZ y R. VILLARINO ULLOA (En BEATO GONZÁLEZ, V.; VILLARINO ULLOA, R. 1953. Capacidad mental del negro. Instituto de Estudios Africanos. CSIC. Madrid). Desde mi punto de vista, un ejemplo claro de porqué la antropología española se encuentra a años luz de la americana, inglesa o francesa. Digamos que mientras gente como Evans-Pritchard, Malinowski, Radcliffe-Brown o Griaule se pateaban África o Asia, elaborando etnografías que hoy son míticas, en España nos dedicábamos a jugar a los boy scouts y a estudiar la capacidad mental de los negros de Guinea Ecuatorial, llegando a conclusiones tan científicas e inteligentes como estas: "el cerebro del blanco es más complejo que el del hombre de color"; "en determinados trabajos para los cuales se exige fuerza y docilidad son preferidos los negros; más si hace falta poner en juego la inteligencia, se utiliza al blanco"; "... en la agricultura, el producto obtenido por el negro es cualitativa y cuantitativamente peor que el del blanco, bien entendido que en el primer caso es cultivado directamente por el hombre de color, mientras en el segundo lo cultiva, pero bajo la dirección del blanco, ya que éste no trabaja en estas latitudes por impedirlo el clima". En definitiva, un texto llenito a rebosar de valoraciones etnocéntricas y una muestra perfecta de cómo el uso de categorías con contenidos claramente racistas y la aplicación de unos tests totalmente sesgados e inapropiados pueden llegar a justificar y legitimar científicamente como verdades las diferencias halladas entre las capacidades mentales de las personas blancas y negras.
  • “Shakespeare en la selva”, de L. BOHANNAN (En BOHANNAN, L. August-Sept. 1966. Traducción de FRANCISCO CRUCES. En VELASCO, M. H. (comp.) 1993. Lecturas de Antropología Social y Cultural. La cultura y las culturas. Cuadernos UNED. Madrid). Para mí, el mejor de los tres estudios, una muestra cristalina de los problemas y dificultades derivados de la traducción cultural durante el trabajo de campo. En este caso, la autora narra la tragedia de “Hamlet” a algunos miembros de una tribu de los Tiv (África Occidental), y constata asombrada cómo un texto que aparentemente desprende una significación universal, desde el punto de vista de los Tiv se particulariza ante la inexistencia de un significado cultural equivalente. Como afirma Fernández Moreno, podemos ver en este trabajo la apropiación de un discurso ajeno para adaptarlo al propio contexto cultural. Un par de ejemplos: para los Tiv el espíritu del rey de Dinamarca que se les presenta a Horacio y los centinelas no es un espíritu, sino un presagio enviado por un brujo. No es un fantasma porque en su cultura los muertos no regresan, de ahí que tenga que ser un zombi. También ven como natural algo que quema la sangre a Hamlet: que el hermano menor del rey muerto (el padre de Hamlet) se convierta en el nuevo rey y se case con la esposa de su hermano (la madre de Hamlet), pues eso es lo que normalmente se hace en su país (el hermano más joven se casa con la viuda de su hermana mayor, convirtiéndose así en padres de sus hijos).
10:25: Se levantan los enanos. Papillas, pañales, baños...

12:45: Nada más salir a la calle, en la cabina de teléfonos de la esquina, siento en los ojos una tremenda cuchillada que me deja aturdido durante un instante. 


Tal burrada me hace dirigir instintivamente la mirada hacia el suelo, pero lejos de aliviar mi desazón me deprimo aún más al constatar la cantidad ingente de mierda que hay esparcida o adherida en las aceras de Ciudad Jardín (chicles, cacas de perro, colillas, cáscaras de pipa, bolsas).

13:10: Llegamos a casa de mi hermana. Hace una buena mañana. Cojo al enano y me voy a darle un paseo por el Vial Norte. 


14:00: Voy con L. al supermercado de El Corte Inglés, a comprar tres o cuatro ingredientes que necesito para preparar los canapés de esta noche. De verdad, me encanta este sitio. Puede que vaya a Córdoba y no me acerque hasta Las Tendillas o la Judería. Pero el supermercado del Corte Inglés es parada obligatoria. Siempre. Primero, porque siempre encuentro lo que busco. Segundo, porque observar a la gente que deambula por los pasillos no tiene precio. A veces pienso que cualquier antropólogo en prácticas desarrollaría más su capacidad de extrañamiento en el supermercado de El Corte Inglés que en cualquier aldea perdida de Senegal o Melanesia.

15:00: Al salir de El Corte Inglés nos topamos con un tipo que no para de gritar: “canelones con mantequilla… pá tu tía”. A pesar de que la calle está atestada de gente, este sujeto ha conseguido crear una burbuja de espacio vacío alrededor suyo, que ningún viandante osa atravesar. Interesante.

15:10: En el bar que hay al lado del piso de mi hermana hay un curioso cartel con el que intentan atraer a posibles compradores de décimos.


Esto, para mí, es como decir que has quedado el veintisiete en el certamen de poesía de tu barrio, o que te encuentras entre los doce más listos de tu clase. 

15:15: Caliento en el horno tres trozos de pizza que me sobraron de anoche. Mientras veo cómo la grasa empieza a chisporrotear y pone perdida la bandeja del horno, pienso en el mensaje de la caja: Dieta mediterránea 100 %. 


16:05: Nada más comer endilgo los críos a los abuelos y me escapo corriendo a ver libros. Recorro Luque, Beta y El Corte Inglés. Encuentro un libro de Denis Johnson que llevaba años queriendo leer. Al final, el resultado de la cacería es éste: 


18:00: De vuelta de las librerías tomo conciencia de que, como propósito para el año nuevo que está al caer, tal vez debería disminuir mi dosis diaria de porno por internet. Y es que en un cartel leo “Miss Canadá” en lugar de “Misa Cantada”. Muy fuerte. 


18:15: Ya en el piso de mi hermana me encierro en la cocina para preparar los canapés. Lavo, cuezo, pelo, corto... Las horas se pasan volando. Llega un momento en el que los dedos de los pies me palpitan.


20:25: Hago un descanso y me encierro en el cuarto de baño. Releo uno de los cuentos de “Knockemstiff”, el fantástico libro de Donald Ray Pollock que no paro de leer desde hace días. A este paso me lo voy a aprender de memoria. Si alguna vez me da por escribir algo, por favor que sea algo como esto


20:50: Seguimos con los canapés.

22:05: Suena el teléfono, pero no es ningún familiar ni ningún amigo. Es el puto 2210. Lo cojo. Una señorita muy amable con acento latino me desea un feliz año nuevo y me intenta colocar no sé qué promoción. Tras devolverle los buenos deseos, le empiezo a contar los remedios caseros que mi abuelo paterno solía poner en práctica cuando le venían los dichosos e inoportunos reflujos gastroesofágicos. Me cuelga.

22:10: Cenamos.


23:25: Hemos comprado a la niña una botella de Champín, para que brinde por primera vez con nosotros por la llegada del nuevo año. Como era de esperar no le gusta y termino bebiéndome yo solito la botella entera. 


23:59: Tal concentración de burbujas y azúcar hace estragos en mi barriga, hasta el punto de que las campanadas me sorprenden en el cuarto de baño en actitud poco festiva y decorosa (por lo menos, y a falta de uvas, tengo el ejemplar de Donald Ray Pollock).

00:45: Cuando tienes dos críos pequeños no puedes alargar mucho las fiestas. De modo que poco antes de la una regresamos a Ciudad Jardín. Hay tanto tráfico que en lugar de Año Nuevo parece que estemos en un día laborable en hora punta. Por todos lados suenan mil petardos y cohetes, que dan la impresión de que Córdoba esté en guerra más que de fiesta.

02:15: Ya en la cama hago recuento de lo acontecido durante el año que acaba de esfumarse, y pienso en los propósitos marcados para el que ahora nace. No formulo ningún deseo (salvo que las personas que quiero estén sanas y sean felices). Después de todo, a mi edad uno ya ha aprendido que la felicidad pierde mucho de su encanto cuando no puedes compartirla con las personas que más quieres. De modo que para qué pedir nada, si lo único que realmente quisiera que se cumpliese es precisamente lo único que sé que no se va a cumplir. Por lo demás, estoy tranquilo. Soy consciente de que me he dejado multitud de cosas sin hacer en el 2011, pero me queda el consuelo y la certeza de que yo he sido el único responsable de que esto ocurra. De modo que habrá que volver a intentarlo este año. Sí, definitivamente creo que me daré otra oportunidad este 2012.

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