jueves, 1 de diciembre de 2011

LUIS LANDERO: JUEGOS DE LA EDAD TARDÍA

Puede que, en este caso, sea más adecuado hablar de crítica a destiempo que de crítica a contrapelo, pues “Juegos de la edad tardía” fue publicado por Tusquets en 1989. Y si un libro ya es viejo transcurridas dos o tres semanas desde su llegada a las librerías, no quiero ni imaginar cual será el calificativo que corresponderá a este título. En cualquier caso, si esta madrugada me he decidido a exponerlo al frío del páramo manchego es porque alberga en su interior una de las pocas historias que, con el paso de los años, no ha terminado desvaneciéndose entre mi amasijo de sesos de gruyere. 

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(Deconstrucción microscopidigitalizada de Faroni)

He dicho “historia” y tal vez debería haber dicho “personaje”, pues es la esquizofrénica evolución de su protagonista lo que en su momento realmente me cautivó, una metamorfosis burda construida sobre un lecho de mentiras que lleva a un oficinista gris y mediocre llamado Gregorio Olías a transformarse en “Faroni”, una suerte de intelectual progre y asiduo a una de las tertulias literarias más reputadas de la capital. El culpable de todo este proceso de despersonalización es Gil, un representante de Requena y Belson en provincias que  desde su pensión de pueblo no hace sino alimentar todos los pajaritos que pueblan la cabeza de nuestro protagonista. 

Entre los instantes memorables de esta novela recuerdo la tarde en que Olías, ante la insistencia de Gil, le confiesa que lo que él es en realidad es ingeniero. Y políglota. Y poeta. O el colmo del disparate, que sobreviene en la página 122 (1) cuando Olías se presenta ante Gil como Augusto Faroni. La mentira, llegado a este punto, está servida y ya no hay vuelta atrás. Gregorio Olías se verá condenado a vivir una farsa que él mismo ha creado, y que madurará y perfeccionará en los intervalos cotidianos en los que no está “actuando” ante Gil. 

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(Vista microscópica del momento en el que Gregorio Olías se presenta ante Gil como “Faroni”)

En fin, como soy un bocazas y tengo tendencia a destripar los argumentos de los libros que leo, voy a quedarme aquí. Eso sí, créanme si les digo que la novela entera es una gozada.


NOTAS:

(1) 2ª edición en Fábula. Abril 1994.

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