jueves, 14 de julio de 2011

IMPULSOS


De vuelta en casa. Las siete de la tarde. Vigilo a mi cría mientras se da un chapuzón en la piscina de plástico que hemos inflado en el patio. Sin apenas éxito echo de vez en cuando un vistazo al libro de Bourdieu con el que ando liado estos días (más para comprobar las gotas nuevas de agua que hay en sus hojas que para subrayar el párrafo siguiente). En un momento dado levanto la vista del texto y me quedo mirando al frente. Lo que veo ya no es el mar ni las palmeritas ni las gaviotas que hace unos días sobrevolaban la urbanización de Torrevieja al amanecer.


En lugar de eso tengo un muro enorme que apenas me deja ver el cielo, un campo de frontón que nadie utiliza y que, observado con detenimiento (con esas verjas metálicas en la parte superior y esa torreta de luz al fondo) se asemeja más a un centro penitenciario que a un recinto deportivo.  


Con la extraña sensación de estar preso con mi familia dentro de mi propia casa, arropo a la niña con su toalla de Bob Esponja y le pido que busque a mama y le diga que venga. “Me han dicho que los bollos suizos, como en Suiza, en ningún sitio”, les digo. 

De modo que, si se dan ustedes una vuelta por aquí en los próximos días, no se olviden de regar los cactus y de dar de comer a las tortugas.

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