domingo, 31 de julio de 2011

CONSEJOS

No soy muy dado a pedir consejo a los demás, y mucho menos a darlos. Eso no quita para que, en aquellas ocasiones en las que algún amigo se muestra demasiado pesado o reincidente, pueda llegar a resultar bastante claro y borde en mis opiniones. Tanta franqueza, con el paso de los años, la he pagado con la pérdida de varias amistades, que en su momento se molestaron al escuchar lo que yo pensé que debían oír en lugar de lo que ellos querían escuchar. Supongo que algo tendrá que ver en todo esto la concepción de amistad que cada uno baraja (en la mía, por lo menos, no figura ninguna cláusula que me obligue a regalarle los oídos a los amiguetes cuando éstos se equivocan). Al fin y al cabo todo el mundo la caga. Y la mierda, por más que la ignores, no desaparece nunca por arte de magia. Puede que todo esto no sea sino una consecuencia más de (como suele denominarlo Javier Marías) la infantilización de nuestra sociedad. Lo cierto es que, nos guste o no, somos dueños/responsables de nuestros actos, de cuanto nos pasa, y tal vez por eso no hay mejores y más justas bofetadas que las que cada uno se va ganando cada día con el sudor de su frente. Por otro lado, no es extraño aislar en muchas de esas situaciones en las que gustamos de pedir consejo o ayuda a los demás (a poco que uno escarbe) el germen de la culpa. Agazapado. Tal vez eso explique por qué desde siempre me han gustado tanto las historias de tontos de los cojones que van, meten la pata y piden consejo luego a los amiguetes o a algún otro tipo de confesor, con la esperanza de que estos alivien su sentimiento de culpa, les den dos palmaditas en la espalda y les digan tranquilo, chaval, tira p´alante y aquí paz y después gloria. Sólo que, en lugar de consuelo, lo que reciben los imbéciles son un puñado de hostias como panes (dialécticas, se entiende). Por gilipollas. Un par de ejemplos de esto (suavitos) acabo de leerlos en “La calle Saturn”, uno de los tres relatos que componen “Arkansas” (Anagrama. 1997), de David Leavitt. Este libro no figura entre los ocho o diez que me llevaría a una isla desierta en caso de catástrofe nuclear, pero encierra algún que otro pasaje, protagonizado por la doctora Delia, que ejemplifica a la perfección lo que intento transmitir. Resumamos el primero de ellos diciendo que la tal Delia trabaja en una emisora de radio como consultora sentimental, cuando recibe la llamada de Gwyn, de Calabasas: 

―Hola, doctora –dijo Gwyn-. Mi problema es el siguiente. Estoy divorciada, tengo cuarenta y nueve años y me he enamorado de un chico más joven.
―¿Cuánto es más joven?
―Veintitrés años.
―Vaya, eso sí que es más joven.
―Sí. Y el problema es que lo he conocido porque, bueno, salía con mi hija. Bueno, nada serio. El caso es que nos enamoramos y ahora mi hija no me dirige la palabra.
―¿Y te sorprende que no te dirija la palabra?
―Bueno, la verdad es que sí.
―¿Por qué?
―Es mi hija. Siempre habíamos estado muy unidas.
―¿Consideras que has sido una buena madre, Gwyn?
―Sí.
―¿Una buena madre humilla a su hija largándose con un tipo al que le dobla en edad y que resulta que es su novio?
―Bueno, no estoy segura.
―Piénsalo. Y de paso mira la palabra “furcia” en el diccionario.

El segundo fragmento, protagonizado también por la genial doctora Delia, tiene como interlocutora a Trish, de Covina Oeste. Dice así:

―Tengo un problema, doctora ―decía Trish―. El otro día pesqué a mi marido, Todd, coqueteando con mi mejor amiga.
―¿Cuántos años tienes?
―Veinte.
―¿Y cuántos años tiene Todd?
―Veintidós.
―Ajá. ¿Hijos?
―Sí, dos niñas. Kirsty, de tres años, y Tiffany, de seis meses.
―¿Y cuánto tiempo salisteis Todd y tú antes de casaros?
―No entiendo qué tiene eso que ver….
―Respóndeme a lo que te pregunto. ¿Cuánto tiempo salisteis Todd y tú antes de casaros?
―Bueno, salimos unas tres semanas, luego estuvimos viviendo juntos unas seis semanas y luego….
―Espera un minuto. ¿Lo estoy oyendo bien? ¿Tienes veinte años y te casaste con un chico al que sólo conocías desde hacía nueve semanas? ¿No te parece que eso es una estupidez?
Al otro extremo de la línea, el atónito silencio se hizo casi palpable.
―Bueno, no. Nos queríamos…
―Os queríais. Vaya, qué romántico…

2 comentarios:

Rasta Girl dijo...

Me resulta familiar eso de que a los amigos no les guste escuchar lo que necesitan oír en algunos momentos... la verdad es que siempre he creído que si un amigo lo es, tiene la obligación de hacerte ver la realidad cuando no quieres abrir los ojos a ella, aún a riesgo de tu reacción, por que regalarle a los oídos no solucionara tus problemas y empeorara tu vida a largo plazo. aunque, irónicamente, cuando te piden consejo no suele ser para escuchar lo que quieres decir, si no lo que querrían oír.

Me he topado con tu blog de casualidad, y le he estado echando un vistazo. mis felicitaciones, te visitare de vez en cuando.

Un saludo desde Extremadura

JUAN ALMOHADA dijo...

Así es, Rasta. La cuestión tal vez sea cómo conseguir delimitar esa frontera que separa al hombro en el que apoyarse/pañuelo de lágrimas de las palabras que simplemente no quieren ser escuchadas. Yo, la verdad, todavía no la he encontrado, y a veces me planteo si su búsqueda merece la pena.
Encantado de que, de cuando en cuando, te des un paseo por este páramo manchego.
Saludos