domingo, 5 de diciembre de 2010

HORMIGUEROS EN REPOSO


Me gustan los hormigueros, el caótico orden implícito en el tránsito inagotable de las hormigas. Me gusta observarlos durante los escasos instantes en los que la actividad frenética que bulle a su alrededor parece detenerse, para retomar enseguida su trasiego febril. En fin, qué quieren… es una distracción como otra cualquiera, tan respetable y carente de sentido como puede ser contar farolas, mirar pechos a escondidas o coleccionar callejeros de ciudades que nunca visitaré. Lo cierto es que esa sensación de soledad donde hasta hace sólo un momento había bullicio me relaja y conforta. Algunos de mis lugares favoritos son precisamente eso: hormigueros en reposo. Espacios que durante la mayor parte del día son un maremágnum de turistas ataviados con mochilas, planos y sandalias con calcetinillos blancos, que al llegar la noche se desprenden de  toda presencia humana, presentándose puros para el paseante solitario.

A bote pronto me vienen a la cabeza hormigueros como Venecia al amanecer o el puente Carlos a medianoche. Pero tal vez sea la judería de Córdoba el hormiguero que mejor conozco, con las blancas fachadas de sus casas agujereadas por multitud de alcayatas que, con el nuevo día, se transformarán en mostradores al aire libre, repletos de trajes de gitana y souvenirs varios. Allí, a horas intempestivas, el tiempo parece haberse estancado, y uno no sabe si está en 2010 o en 1600. Precisamente fue en la judería donde, en uno de mis últimos paseos, me di de bruces con el mismísimo Luis de Góngora. Recuerdo que al verlo me detuve asombrado, y que por un segundo él también pareció inquietarse. No recuerdo lo que nos dijimos. A aquellas horas de la madrugada uno andaba notablemente perjudicado.

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