miércoles, 11 de agosto de 2010

RADIOGRAFÍA DE UN DÍA CUALQUIERA

8:23: Abro los ojos. Mi primer pensamiento, como todos los días desde hace casi cinco meses, es para mi hermana. Doy cuenta de dos tostadas con Nutella mientras L. vomita en el baño la cena del día anterior. Intento calcular mentalmente las veces que L. habrá devuelto desde que se quedó embarazada, pero en esto llega mi madre para hacerse cargo de la niña y desisto. L. y yo montamos en el coche y salimos rumbo a Manzanares. Por el trayecto compruebo que los flamencos han vuelto a una de las lagunas que se formaron durante el invierno.


9:21: Aparco. En la puerta del hospital un guardia de seguridad me mira con gesto amenazador. Tardo unos segundos en comprender que la causa de su desconfianza tal vez sean las gafas que llevo puestas, unas viejas Ray-Ban a las que les falta una patilla desde principios de junio. En la sala de espera del endocrino nos encontramos con un tipo que bien podría ganarse la vida como doble oficial de Rompetechos, quejándose a un enfermero porque tenía consulta a las 9:00 y ya son las 9:23. Más que un endocrino el individuo parece necesitar un logopeda, pienso, pues el ochenta por ciento de lo que escupe a gritos por su boca es ininteligible. Eso sí, entre frase y frase intercala remarcados “no te jjjjode” escrupulosamente articulados.

10:15: Entramos a la consulta. Tomamos asiento. El endocrino le da un aire a Javier Fesser. Lo escucho y parece que estoy viendo con mi hija un capítulo de GomaespumEnglish (atchissss, “bless you” y lo de “if you sprinkle when you tinkle, please be neat and wipe your seat”). Entretanto el hombre echa un breve vistazo a los perfiles glucémicos de L. (todo perfecto) y tras una visita a la báscula (+800 gramos) concluye que el embarazo va bien. A seguir pinchándose seis veces día sí/día no y nueva cita para finales de agosto. Cinco minutos después ya estamos fuera. Aún no hemos abandonado el pasillo cuando percibimos, nítido a pesar de la lejanía, un último “no te jjjjode”.

10:40: De vuelta en el pueblo L. me convence para llevar las gafas a la óptica. Pasamos por la plaza. Un caos de coches aparcados y de camiones descargando mercancías. Un grupo de ancianos se agrupan en torno al “cepo” (tablón de anuncios de la funeraria local). En el instante en que L. y yo caminamos por su lado escuchamos a un viejo preguntarle a otro ¿qué? ¿quién ha caído hoy en el cepo?

11:15: Regresamos a casa. La niña se está levantando. L. prepara las toallas y los bañadores. Doy de desayunar a mi hija mientras vemos en el Ipod seis veces el mismo capítulo de “Pequeña Princesa” (“Quiero mi tirita”) y un vídeo horrible (no sé cómo narices lo habrá descubierto la cría) de una tipa que se prepara una mascarilla con agua de arroz y papel de cocina. Entre galleta y galleta alucino con el manejo que tiene esta enana de tres años de la maquinita, y me viene a la mente un artículo sobre la pantpágina que leí la otra noche en el blog de Vicente Luis Mora.

12:20: Llegan J. y R. Me despido de mi madre y montamos a la niña en el coche. Salimos hacia Ruidera. Por el camino pienso en cómo le estará yendo hoy a mi otra hermana en su vuelta al trabajo, tras diez días de vacaciones en Sicilia. En el coche releo algunas páginas de “Etnografía. Métodos de investigación”, de M. Hammersley y P. Atkinson, y pienso en cómo enfocar el trabajo práctico sobre los caribeños (saharauis que han estudiado en Cuba) que debo entregar el próximo 7 de septiembre.

13:00: Comemos en un restaurante, a la entrada de Ruidera.

15:00: El restaurante tiene piscina. Nos damos un baño. Es increíble ver a la niña nadando ya sin manguitos.

16:45: Cogemos el coche y nos adentramos en Ruidera. Tomamos café en un hotel apartado.

18:00: Regresamos a casa. Mi hija se queda dormida en el coche. Grabo desde el asiento de atrás el aspecto de algunas lagunas, tan plagadas de chiringuitos que por momentos parece que estemos en Benalmádena o Torremolinos, en lugar de en un parque natural.

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19:10: Echo un vistazo a mi correo electrónico, al Facebook, al blog escolar que administro y a algunos periódicos. Guardo en una carpeta dos o tres noticias que ejemplifican, cada una a su manera, eso de que la realidad a veces supera a la ficción (un tipo que timaba a otras personas haciéndose pasar por militar; unos inmigrantes intentando cruzar el estrecho en una barquita inflable; una porción de playa acotada para que la mujer de Obama y su niña puedan bañarse entre los aplausos de turistas y curiosos).

19:35: Riego las macetas del huerto con la ayuda de mi hija. Mientras la veo tan diligente con su regadera pequeñita me acuerdo de los días de abril en que comenzamos a plantar el huerto.

20:00: Echo un bactericida a la colección de cactus. El olor es tan fuerte que acabo medio mareado. Todo sea por exterminar a esas malditas cochinillas.


20:40: Me pongo ropa deportiva y salgo al patio a calentar. Entretengo los minutos que faltan hasta las 21 releyendo algunos poemas de “Los muertos y los vivos” de Sharon Olds (Bartleby Editores).

21:00: Puntual como siempre llega D., mi compañero de fatigas en nuestra incipiente aventura atlética. Hoy estreno zapatillas nuevas. Enfilamos los caminos polvorientos que bordean el pueblo mientras me pone al día de sus vacaciones en Granada y la apetitosa vacante que le acaban de conceder. Batimos record: 51m 52s.



22:15: Ducha. Las zapatillas son comodísimas. Por fin he dejado las viejas que compré en Bury (Lancashire) hace dos años, y que valían para todo menos para hacer atletismo. No obstante, guardo simpatía por ellas; todavía al mirarlas puedes apreciar el verdín incrustado de la hierba del prado que había frente a nuestra casa. Es curioso, pero ver esas manchas verduzcas adheridas a las zapatillas me traslada a aquel mes de septiembre vivido en Inglaterra, repleto de fantásticas mañanas jugando con mi hija en el prado contiguo a la casa, y de tardes y fines de semana viajando sin cesar (la niña, con sus dos añitos recién cumplidos, solía decir al despertar: papi, ¿hoy donde vivimos?).




22:20: Me peso en la báscula: 72,900.

22:25: Entro a la cocina. Veo a las cuatro tortugas de pie, con el cuello a punto de explotar, mirándome inquietas. Les echo de comer camarones mientras pienso en cómo narices hemos podido llegar a juntar cuatro puñeteras y apestosas tortugas en la cocina de casa.

22:30: Preparo la cena. Con algunos productos del huerto (zanahorias y cebollas), más unos brotes de soja que he germinado y algo de pollo, setas y puerro preparo una cenita en plan oriental.


23:15: Cenamos.

0:10: La cría se va a la cama. Recojo la mesa y la cocina. Pongo el lavavajillas.

0:30: El amor llama a mi puerta…

1:22: Doy un vistazo a mi facebook mientras bebo una cerveza helada. Intento chatear con A. pero no hay suerte. Vuelve a salirme mi hermanita (“Retoma el contacto”) y termino como todas las noches visitando su perfil, viendo una vez más sus fotos, escuchando su voz en los vídeos y leyendo los comentarios de los amigos y amigas que, como yo, no la olvidan.

1:50: Doy una vuelta por algunos de los blogs literarios que sigo, mientras escucho música con los cascos puestos (Keane, Dido, Jet, Coque Malla, The Rolling Stones…).

2:21: Entre canción y canción escucho el pitido del lavavajillas, indicando que ya ha terminado. Me levanto y lo apago. Voy al lavabo. Continúo la relectura de “Postales de invierno”, de Ann Beattie (Ed. Libros del Asteroide).

2:43: Mi hija se pone a cantar dormida. No descifro la canción.

2:44: Me pongo de nuevo los cascos y veo un par de capítulos de la séptima temporada de 24.

4:14: Me acuesto. Como todas las noches, desde hace casi cinco meses, me cuesta horrores conciliar el sueño. Mi mente siempre acaba volando alrededor de mi hermanita. Enciendo el portatil y cuelgo todo este rollo.

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