lunes, 2 de noviembre de 2009

EL VALOR DEL ESFUERZO


Me ha parecido muy interesante el artículo que Neus Caballer publicó en El País hace un par de lunes, bajo el título “Las matemáticas identifican el peso del factor cultural en el aprendizaje”. En él la autora se hace eco de las conclusiones obtenidas en el TIMMS, un estudio de carácter internacional que concluye que las enormes diferencias en los resultados obtenidos en el área de matemáticas por los estudiantes europeos y los estudiantes del sudeste asiático no pueden atribuirse únicamente a la manera en que se imparte esta disciplina en cada país. Muy al contrario (y por primera vez), los expertos han propuesto como explicación del alto nivel matemático demostrado por los alumnos asiáticos una serie de actitudes, como el valor de la disciplina, la autoridad docente o la educación como factor de promoción social. En este sentido, Frederic K. S. Lung (profesor de la Universidad de Hong Kong) destaca “el valor que se le da en China al aprendizaje escolar. Los padres ayudan a sus hijos en las tareas e invierten mucho dinero en clases”. En esa línea de argumentación se sitúa también Eva Borreguero (Directora de Programas Educativos de Casa Asia) cuando afirma que en la India “un país con 1.300 millones de habitantes, estudiar es un privilegio: muchas veces los alumnos tienen que desplazarse kilómetros para ir a la escuela, y las familias lo valoran mucho”.

(Fuente: Diario El País. Lunes 26 de octubre de 2009)

1 comentario:

Campoviejo dijo...

Personalmente, no exagero cuando afirmo que no dejo pasar un solo día en clase en el que, junto a los contenidos propiamente curriculares, no transmita a mis alumnos la importancia del esfuerzo diario. El tiempo termina poniendo a cada uno en su sitio, les digo, proclamando la importancia de estudiar para crecer como persona y labrarse un futuro (por otra parte, no tan lejano y, desgraciadamente, no muy halagüeño). Hoy en nuestros colegios tenemos libros de texto gratis, tutores y especialistas que atienden a los alumnos y que constantemente se embarcan en proyectos de innovación educativa o en seminarios y cursos con el objetivo básico de saber más, de enseñar mejor; tenemos en los colegios bibliotecas escolares, polideportivos, aulas de informática, proyectores y cañones para hacer el proceso de enseñanza-aprendizaje más ameno y constructivo, etc. Sin embargo, ninguno de estos recursos sirve si falla lo realmente básico: el deseo de aprender. En nuestra Constitución figura el derecho a la educación, pero lo cierto es que cada vez hay menos chavales que ejercen su deber de estudiar. No quiero decir con esto que sean los alumnos los culpables de sus malos resultados académicos. No lo pienso así. Pero entiendo que es muy difícil que un niño de diez años se tome en serio su trabajo en la escuela cuando a su alrededor percibe sin cesar actitudes de menosprecio hacia los libros y los maestros. Sólo en la última semana he escuchado cómo algunas madres defendían a sus hijos por no traer la tarea de casa (“es que ayer estuvimos en tal pueblo, es que no sabía hacerlos”) o por olvidar en casa cuadernos o libros de texto. He visto a niños que han faltado a clase porque sus progenitores se habían quedado dormidos, y a padres que venían a quejarse en grupo porque sus hijos llevaban demasiada tarea a casa. Por si esto fuera poco, la frase “yo no sé qué hacer ya con mi hijo” es una coletilla que a menudo escucho a los padres, y con la que muchos creen que quedan libres de responsabilidad.
En mi clase (y así es desde que comencé a trabajar) los alumnos más brillantes son los que más se esfuerzan, los que más trabajan. Y en todos los casos, sin excepción, tienen siempre detrás a unos padres volcados en su educación. Pendientes de ellos. Comprensivos. Y exigentes.