domingo, 23 de agosto de 2009

DEPARTAMENTO DE ATENCIÓN AL CLIENTE


Me ha gustado mucho “Kafka en Atención al Cliente”, una columna que el escritor Isaac Rosa publicó el pasado jueves en el diario Público, y que cuenta los avatares de un individuo empecinado en descubrir la ubicación física del departamento de Atención al Cliente de una compañía de teléfonos. Lo cierto es que en un mundo mecanizado y cada vez más “mcdonalizado” (Ritzer), en el que las máquinas sustituyen a los humanos y los consumidores a los trabajadores, lograr dar con la oficina “real” de la que surgen las voces enlatadas que embadurnan tu existencia de trabas y recovecos cada vez que marcas su extensión puede llegar a ser, sin lugar a dudas, toda una experiencia kafkiana.

Soy un completo inútil y no he dado con el enlace a la columna en Internet. De modo que la transcribo a continuación:


Por ahí se cuenta la historia de un hombre que, tras una sucesión de peripecias increíbles, consiguió presentarse en el departamento de Atención al Cliente de una compañía telefónica. Fíjense bien, que tiene miga: no es que lograse contactar con el mencionado departamento, sino que logró encontrarlo y entrar en él.

Las distintas versiones de la leyenda hablan de un cliente insatisfecho por el servicio recibido, al que habían cobrado de más, o que quería darse de baja. Como todos, intentó resolverlo telefónicamente. Estuvo un par de semanas discutiendo con amables teleoperadores (siempre diferentes) que prometían pasarle con Atención al Cliente, pero que dejaban la llamada en espera durante horas (con una torturante musiquilla) o le pasaban con un comercial.

Convencido de la imposibilidad de resolverlo por teléfono, se dedicó a enviar cartas al apartado de correos que figuraba en las facturas. Por supuesto no obtuvo respuesta. Así que decidió ir personalmente a las oficinas centrales. Imaginamos el estupor entre los suyos, que no sabrían si reírse o llorar por su suerte.

Es fácil imaginar su penosa aventura. Vagó durante semanas de tienda en tienda, donde los jóvenes comerciales ignoraban la existencia de una oficina central. Al fon, por no sabemos qué vía esotérica, averiguó que la compañía tenía sede social en un polígono a las afueras.

Tras perderse una y otra vez en vías de servicio y glorietas sin señalización, encontró por fin el edificio, pero sólo se entraba por el garaje. A partir de ahí, algunas versiones aseguran que consiguió entrar, pero que se perdió en los pasillos. Otros dicen que alcanzó el departamento buscado, pero que allí no había nadie. No sé, a mí esta historia me recuerda a un cuento de Kafka. Cómo se llamaba.

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