martes, 2 de junio de 2009

UN INSTANTE DE GLORIA

Ella era despampanante, y él estaba demasiado necesitado como para permanecer impasible ante tanta belleza. Tal vez por eso cuando el sacerdote invitó a los feligreses a darse la paz a Félix se le abrieron las puertas del cielo, y tras estrecharle con urgencia la mano a la anciana de su izquierda se abalanzó sin piedad sobre la muchacha. Yo estaba allí, y soy testigo de que nadie en la iglesia se atrevió a decir nada al ver como la arrinconaba contra una columna y le arrancaba la ropa a tirones, ni cuando, instantes después y ya metidos en faena, comenzaron a advertirse los primeros indicios de que ella consentía aquel libidinoso arrebato de su compañero de banco. Mientras tanto, la gente murmuraba y se agolpaba alrededor de la pareja, con expresión de profundo desconcierto. Por fin, doña Ernestina reunió el valor suficiente e instó a voces al sacerdote para que hiciera algo. Fue entonces cuando toda la iglesia volvió la cara hacia don Ramón, que, concentrado en aquella insólita escena y con la sotana remangada, se masturbaba con violencia detrás del púlpito.

No hay comentarios: