domingo, 29 de marzo de 2009

QUIERO MORIR EN TUS BRAZOS


Hacía más de ocho años que no la veía, aunque debo reconocer que ni un solo día desde nuestra separación había dejado de pensar en ella, de recordar aquellas cinco palabras que dejó escapar entre lágrimas mientras yo abría la puerta y salía de aquel piso de segunda mano que apenas habíamos tenido tiempo de disfrutar como pareja. “Quiero morir en tus brazos”, me dijo, y juro que todas y cada una de las veces que esta frase ha perturbado mi memoria desde entonces me ha sonado igual de cursi que la primera vez, impregnada con el empalagoso e incomparable aroma de las telenovelas a las que tan aficionada era ella. Jamás se me ocurrió pensar que aquellas cinco palabras no encerraban un ruego o un deseo, sino una cruel premonición. Más de ocho años hacía que no la veía, pero ahora que mis manos sostienen temblando su cuerpo sin vida, en un intento desesperado por alejarla del coche que, atravesado en la autovía, amenaza con incendiarse, siento, entremezclados con los gritos de mi mujer y la sirena de la ambulancia que ya se aproxima, aquella frase maldita clavada en mi corazón, como una venganza premeditada.

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