martes, 3 de febrero de 2009

ELLA

Llega el día. Un nuevo día. Ella sigue a mi lado. Dormida. Desnuda y ausente. Es Jueves. Pero como si fuera Domingo. Como si Ella y yo viviésemos sumergidos en unas vacaciones interminables. En la calle gritan unos muchachos. Comienza a hacer calor. De repente Ella abre los ojos. Sonríe. Me atrapa con su abrazo. Está bella. Misteriosamente bella. Con esa belleza tibia y sencilla que destilan algunas mujeres al despertar. Suena el teléfono. Hago por cogerlo, pero los labios de Ella me disuaden. Salta el contestador. Es Poveda, el encargado. Que por qué no he aparecido tampoco hoy para trabajar. Luego, de nuevo el silencio. El murmullo de nuestros cuerpos reconociéndose. Mordiéndose. Invadiéndose. Y las diez. Las once. El mundo como estancado en esta habitación que ya huele a Ella. Poco antes del mediodía Ella se levanta y entra en el baño. Escucho caer el agua. La imagino en la ducha. Las gotas escurriéndose por su piel de otro mundo. Me siento en la cama. Enciendo un cigarro. Pienso en Ramiro. No sé. Simplemente me ha venido a la cabeza. Al poco Ella sale del baño. Sonríe mientras se seca con una diminuta toalla azul. Echo un vistazo al reloj. Las doce y cuarto. Descuelgo el teléfono y marco. Me responde María, la mujer de Poveda. La tengo dura, le digo, me estoy tocando. La escucho gemir. Tenemos que vernos, me dice. Cuelgo. Entretanto Ella suelta la toalla azul. Se pone una camiseta. Se asoma a la terraza. Yo apago el cigarro. La miro. Pienso que está preciosa con esa camiseta tan corta. Sólo con esa camiseta. El viento hace sonar la puerta de la calle. Tal vez habría que ponerle un papelito. Ella continúa arreglándose. Despacio. Entra en el cuarto de baño y se peina. Casi dos semanas juntos, pienso. Suena el teléfono. Lo descuelgo y lo dejo sobre la mesa. Ella sale del baño. Vestida. Y está idéntica a cuando la conocí. Entonces Ella me mira. Sonríe. Poco a poco abre la puerta de la calle y desaparece tras ella. En silencio. Sin hablar. Tal y como vino.

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