lunes, 5 de enero de 2009

PRA(GA)ZA


El silencio que, por lo general, reina tras los muros del cementerio judío de Praga, es sobrecogedor. Uno pasea por el austero sendero que lo recorre y casi puede respirar el sufrimiento y el dolor de los que yacen apilados (el espacio es tan diminuto que, según dicen, hay zonas en las que hay amontonadas hasta doce tumbas, unas encima de otras). Praga es una ciudad preciosa, pero el recorrido por este lugar constituye sin duda el momento más significativo de mi estancia allí. A él ha regresado mi mente con frecuencia durante estos últimos días, en un intento (hasta ahora frustrado) de comprender cómo puede pasar un pueblo, en apenas unas décadas, de víctima a verdugo. Veo atónito en televisión los bombardeos israelíes sobre Gaza, los cientos de muertos civiles, y no puedo sino suscribir las palabras de José Saramago, cuando afirmaba que los últimos gobiernos de Israel habían dilapidado la solidaridad internacional obtenida por el pueblo judío a raíz del holocausto. “Las salvajadas de Olmert y Livni no convierten a todos los judíos en seres despreciables”, dice hoy en su columna del “Diario Público“ Antonio Orejudo. Y para mí estas pocas palabras son toda una lección de vida. Ahora bien, qué difícil debe ser llevarlo a la práctica cuando tienes a tu hijo muerto entre tus brazos.


(Fuente Foto 2: Mohammed Saber/EFE)

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