domingo, 9 de noviembre de 2008

COINCIDENCIAS

Lo de Raul ha sido un enamoramiento por coincidencias, una historia de amor imposible que comenzó hace tres meses en la estación de cercanías y no ha hecho sino crecer desde entonces, alimentada por centenares de encuentros fortuitos que, con los días, han terminado por hacerse cotidianos. Esta mañana, sin ir más lejos, Raul ha coincidido con la muchacha en el autobús, el vestíbulo de la facultad, una reprografía del centro y en el cercanías de vuelta a casa. Lo peor, no obstante, ha ocurrido al salir de la estación, cuando la chica, apenas unos metros por delante, ha echado a andar en su misma dirección, y así ha seguido durante ocho interminables minutos, hasta entrar en el bloque de pisos donde vive Raul. La situación ha cobrado cierto cariz esquizofrénico cuando, tras subir los dos al mismo ascensor y pulsar al mismo tiempo el botón del piso nueve, ambos se han puesto a tararear ¡a la vez! la misma canción de moda. Afortunadamente para Raul la cosa ha quedado ahí, y al llegar al noveno ella ha abierto la puerta del ascensor, ha susurrado un leve pero premonitorio “hasta luego”, y ha salido hacia el pasillo contrario donde él vive.
Por la tarde, sin embargo, la cosa no mejora. Sobre las seis Raul sale para ver una película en el Cine Club. Esta vez no se encuentra a la muchacha en el ascensor ni por la calle, pero al encenderse las luces de la sala la divisa dos filas más allá, sola, secándose unas lágrimas que resbalan por su piel de otro mundo. De regreso a casa cree verla en la cola de un puesto de castañas, y con decisión cruza la calle, dispuesto a aclarar de una vez por todas esta situación de pesadilla. Es entonces cuando un utilitario rojo que sale de la nada lo embiste. Desde el suelo, aturdido por el impacto, Raul alza con dificultad la cabeza, en un intento desesperado por distinguir a la chica entre la multitud de curiosos que se le acerca gritando. Pero no la ve. Defraudado, con el rostro ensangrentado y antes de perder el conocimiento, alcanza todavía a dirigir una última mirada de reproche al coche, y allí, escondida tras el volante, ¡qué coincidencia!, está ella.

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