lunes, 8 de septiembre de 2008

UNA MAÑANA CUALQUIERA

Las mañanas son tranquilas aquí, en el 124 de Chesham Road. Y comienzan muy pronto. Nunca después de las seis. Aquí no hay persianas. M. Descorre las cortinas. Amanece su tercer día en Bury Lancashire.
El primer visitante del parque es un cuervo enorme, deambulando en mitad del prado. Más tarde cinco urracas. M. tiene que esperar hasta las 6:58 para ver al primer ser humano paseando a su perro. Tal vez sea innecesario recalcar que este lugar es muy tranquilo. En las próximas dos horas apenas pasarán por la calle una docena de vehículos.

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Las personas, poco a poco lo comprueba, son cada día las mismas: Un muchacho enorme con su uniforme (camisa blanca, chaqueta verde, pantalón negro o azul oscuro) y su mochila colgada que se dirige al colegio. Un muchacho pelirrojo repartiendo periódicos a golpe de pedal. Algún anciano distraído. Y poco más.
En el prado, a unos 300 metros de la carretera, M. ve a una mujer mayor recogiendo con una bolsa los excrementos de su perro. Le llama la atención. A fin de cuentas está en mitad del campo. Son las siete de la mañana. Nadie va a verla. Más tarde se lo comentará a Nicola. “Es la Ley”, le responde, mientras a M. le vienen a la cabeza todas las mierdas de perro que ha pisado o ha esquivado en su vida en España.
Muy pronto comienza el bullicio en la casa, y la vida de M. se convierte en una apacible sucesión de papillas, sonrisas, paseos y columpios…

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