miércoles, 20 de agosto de 2008

LA PLAGA


Siempre era igual. Una tarde cualquiera los veías aparecer por una esquina de la Rambla, y entonces comprendías que todo había terminado. A fin de cuentas nadie había logrado sobrevivir a la plaga más de un trimestre. Su modus operandi era simple: una avanzadilla compuesta por dos o tres exploradores examinaba durante unas horas el terreno, y tras dar su aprobación el resto iniciaba el ataque mortal. El primer día aparecían siete u ocho. El segundo ya eran más de veinte. Y cuando el propietario de la cafetería quería darse cuenta tenía todas las mesas de su terraza ocupadas por docenas de octogenarios, febrilmente entregados al complicado arte de dejar pasar las tardes sin consumir otra cosa que un vaso de agua de grifo o una granizada compartida entre ocho. Ante tal invasión no escaseaban los empresarios (los más osados, o quién sabe si los más ilusos) que, armándose de valor, habían iniciado heroicas cruzadas encaminadas a recuperar su negocio. Pero todo era inútil. Nada podía frenar a la plaga, y día tras día la caja no hacía sino disminuir. Así las cosas, sólo era cuestión de tiempo que las deudas empezaran a ahogar al dueño, obligándolo finalmente a cerrar. Cuando esto ocurría, el poderoso ejército de ancianos quedaba durante unos días desamparado, fragmentado en múltiples grupitos que vagaban por la Rambla sin rumbo fijo, pero lo cierto es que su instinto de supervivencia ya se había activado de nuevo. Era entonces cuando, atrincherados en sus establecimientos, los propietarios de las pocas cafeterías y heladerías que aún seguían en pie en el centro de la ciudad redoblaban sus plegarias a Dios, con la pueril esperanza de no ser ellos la próxima víctima de la pausada e implacable tenacidad de la tercera edad.

Es curioso, pero esta tienda de ropa, ubicada en plena Rambla de Vilanova i la Geltrú, era una de las cafeterías de más éxito (famosa por sus ventanales, que ofrecían una vista envidiable a la calle). Poco a poco, sin embargo, dicen que comenzó a llenarse de ancianos, que por el módico precio de un café, una horchata o un granizado de limón, ocupaban las mesas del negocio durante toda la tarde. Esto llevó a los dueños a la ruina. E, ironías del destino, ahora en ese lugar se vende ropa a la gente más joven. Los más consumidores. Hasta el nombre de la tienda parece de broma: "Teenagers".

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