domingo, 24 de agosto de 2008

LA (MALDITA) MEDALLA DE PLATA


Terminamos las Olimpiadas con 18 medallas. De ellas, si no me equivoco, 10 son de plata. Durante estos días he escuchado hasta la saciedad esa cantinela que reza algo así como que “el oro y el bronce se ganan, mientras que la plata se pierde”. Dicho esto, uno ve las diferentes ceremonias de entrega de medallas, y comprueba que los que ganan la de oro o la de bronce las recogen alegres, eufóricos, mientras que la de plata es acogida a menudo con extrema frialdad e indiferencia. Afortunadamente esto no ocurre siempre, y algunos de nuestros deportistas (natación sincronizada, ciclismo, baloncesto o dobles femenino en tenis) están en el podio y se les nota en la cara su alegría por el resultado obtenido. Son segundos en una Olimpiada. Que se dice pronto. Pero luego tenemos a otros, tipo David Cal en piraguismo o, sobretodo, la selección de hockey sobre hierba, que les están entregando la medalla de plata y la reciben como quien recibe la noticia del fallecimiento repentino de una madre, con el semblante serio y desencajado del que tiene una almorrana en el culo que le está quitando la ilusión de vivir. No sé, si no quieren la medalla que se la den a los que han quedado cuartos. O quintos. O a los últimos. A mí, lo que más me molesta de todo esto es la sospecha de que esa disconformidad por haber quedado “solo” segundo no esconda un lógico y momentáneo enfado consigo mismo, sino un esquizofrénico sentimiento de injusticia, un apaño mental que justifique la propia derrota, sustituyendo el “soy el segundo” o “me han vencido” por el “me han robado la medalla de oro”. Eso es al menos lo que yo veo cuando miro a estos deportistas amargados a los ojos: seres irritados porque le han robado una medalla que ellos pensaban (todavía piensan) que se merecían más que el que la lleva colgada del cuello. Y hay una gran diferencia entre robar algo y perderlo.

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