No nos andaremos con tapujos. Lo que vamos a intentar
desarrollar a continuación no es más que una idea que lleva años circulando por
la red, y a la que un servidor no hubiera prestado la más mínima atención de no
ser porque ciertas personalidades de reconocido prestigio llevan tiempo difundiéndola
(aunque, eso sí, de forma anónima y discreta. Enseguida sabrán por qué). Me
refiero a la tesis que defiende que José Ignacio Wert, actual Ministro de
Educación y Cultura, es en realidad un implacable vampiro que en sus casi cinco
siglos de vida ha desarrollado, además de unos sofisticados mecanismos de
influencia y persuasión sobre los grupos en los que se infiltra, un odio
visceral hacia los niños.
Por imperativos de tiempo (1) nos centraremos sólo en
aquellos episodios de la trayectoria vital de esta criatura de las tinieblas que
consideramos más relevantes. En concreto:
1. El momento en el que Wert se
convierte en vampiro.
2. El momento en el que Wert comienza a
desarrollar un odio exacerbado hacia los niños.
3. Algunos ejemplos concretos que
ilustran su enorme poder de influencia sobre el ciudadano medio.
Para desarrollar el primero de estos apartados es preciso
retrotraerse hasta la primera referencia documentada que tenemos de nuestro
protagonista (WILDEMAN, 1628). En ella, Wert aparece como Sebald de
Weert, un navegante nacido en Amberes en 1567 que alcanzaría el grado de vicealmirante
de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Todo parece indicar que fue
en su primer viaje comercial por el Lejano Oriente cuando tuvo lugar su conversión
vampírica. En concreto, en Annobon, una isla comercial africana al sur de Santo
Tomé, donde la nave de Weert tuvo que hacer escala debido a un brote de
escorbuto, allá por diciembre de 1599. A partir de esta fecha, las desgracias
no harán sino cebarse con la tripulación de la nave, y aunque de modo oficial
las reiteradas muertes y desapariciones han sido siempre achacadas al clima,
las enfermedades y la extrema hostilidad de los nativos, a nadie se le escapa
que a bordo del Geloof tuvieron lugar
hechos de naturaleza muy extraña. Entre tanto, Weert, que se había enrolado
hacía apenas unos meses como simple marinero, ya ejerce a principios de 1600
como capitán de la nave. A partir de ahí, y hasta su fingida muerte en Ceilán,
en 1603, sembrará el pánico allá donde vaya.
Después de eso habrán de pasar muchos años para que volvamos
a tener noticias de nuestro vampiro, y todavía más para localizar el germen de su
patológico odio hacia los niños. En concreto, habrá que trasladarse hasta 1943,
cuando José Ignacio Wert, más conocido entre la flor y nata de la
intelectualidad parisina como León Wert (2), recibe una hermosa prueba de
amistad de Antoine de Saint-Exupéry que, sin embargo, constituirá el inicio de
la ruina del aclamado aviador y escritor. Nos referimos a la célebre dedicatoria
que Saint-Exupéry brinda a Wert en el que, sin duda, es su libro más célebre: El principito.
A León Werth
Pido perdón
a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria
excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo
otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los
libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en
Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad
de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces
dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las
personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan).
Corrijo, por consiguiente, mi
dedicatoria:
A LEÓN WERTH, cuando era niño
Para José Ignacio Wert, encontrar su apellido mal escrito por
duplicado (3), con esa hache final que lo hace parecer británico, supone una
ofensa ruin e injustificable. De hecho, no escasean las voces que señalan a
nuestro resentido vampiro como principal responsable en la posterior desaparición
de Saint-Exupéry, mientras sobrevolaba la isla de Riou. Por decir, hay incluso quien
sostiene (4) que el autor de El principito
no murió en ese accidente sino casi cuarenta años después, en un caserón
apartado a las afueras del municipio burgalés de Porquera de Butrón (14 habitantes).
Allí, custodiado por un esbirro de Wert, Saint-Exupéry pasaría hasta el último
de sus días garabateando uno tras otro miles de cuadernos con una sola palabra:
W E R T
Lo curioso (y trágico) de todo este incidente es que, por rebuscados
mecanismos psicológicos que escapan a nuestro entendimiento, Wert extendió la
responsabilidad del pueril error de Saint-Exupéry a los futuros destinatarios
del libro: los niños. Y, como consecuencia, se enfrascó en una encarnizada cruzada
que dura hasta hoy, encaminada a la consecución de un fin irrenunciable: putearlos.
No en vano, esa es la causa verdadera por la que, actualmente, Wert es Ministro
de Educación y Cultura. Apenas han pasado 5 meses desde su nombramiento, pero a
nadie se le escapa que Wert no ha perdido el tiempo. Hacinar a los alumnos en las
aulas, suprimir colegios, líneas, becas y prestaciones, disminuir drásticamente
el número de docentes… Todo eso, y lo que vendrá, es fruto de una mente maquiavélica
y planificadora sin otro objetivo que conseguir que esos niños que un día le
hicieron la vida imposible sean el día de mañana una masa de adultos
desgraciados y sin futuro.
A partir del incidente de Wert con Saint-Exupéry, su rastro
se hace más visible (gracias en parte a la progresiva omnipresencia de los
medios de comunicación). No obstante, si por algo se ha caracterizado siempre
nuestro protagonista es por saber moverse entre las sombras como pez en el agua.
No olvidemos que, entre otras habilidades, Wert domina con soltura los medios
de comunicación y ha hecho del estudio de la sociedad su campo de trabajo (5). Dos
ejemplos, y con esto termino, bastarán para ilustrar este argumento:
EJEMPLO 1:
Tal vez el mayor mérito de Wert en su ya dilatada y
sobrecogedora existencia sea el haber conseguido inmiscuirse en nuestras vidas
sin que nosotros lo percibamos. Esta discreción patológica le ha permitido,
entre otras cosas, conseguir cosas tan extraordinarias como colocar su apellido
en el léxico de numerosos idiomas. Así, por ejemplo, “Wert” en alemán es un
adjetivo que puede traducirse como valioso, especial. Esto, que no dejaría de
ser una simple anécdota, adopta peliagudos matices cuando Wert anda por medio.
Y es que, ¿qué es algo muy valioso y especial?
Así es. Los Werther´s
original.
Lo que muchos no saben es que el abuelete del anuncio de arriba es
el propio Wert, transmutado, y que bajo ese spot tierno y familiar se esconde
una planificada y brutal campaña de destrucción dental infantil, que entre las
décadas de 1960 y 1970 provocó entre los menores de doce años una auténtica
epidemia mundial de caries. Por otro lado, todo el que ha probado un Werther´s
original sabe lo espeluznantemente “atascauzos” que son. En este sentido, la
ADA (American Dental Association) lleva contabilizados (sólo entre 1989 y 2011)
más de 6000 accidentes vinculados directa o indirectamente con esta marca de
caramelos (desde dislocaciones leves de mandíbula y pérdida de piezas dentales
a episodios transitorios de asfixia y deglución espástica).
EJEMPLO 2:
Otro de los secretos mejor guardados de nuestro protagonista es
su faceta como accionista mayoritario en más de una veintena de grandes empresas.
Él, claro, fiel a su costumbre de intentar pasar desapercibido, ha cuidado
mucho que su nombre no aparezca en ninguna de ellas. Pero siempre quedan flecos sueltos para quien sabe buscarlos. Tal vez uno de sus secretos mejor guardados sea su condición de accionista mayoritario en empresas del ramo de la informática como Microsoft, Apple o Toshiba. Cómo si
no creen ustedes que es posible conseguir cosas como esta:
Sí, lo sé. No faltará quien argumente que esta gracia del
teclado no es más que una conjunción de letras agrupadas así de modo caprichoso
por el azar. Sin embargo, no sean incautos. Créanme si les digo que, en el
mundo en el que nos ha tocado vivir, las casualidades no existen, y que el azar
no es más que un cuento chino del que se valen tipos como Paul Auster para
vender libros como rosquillas a idiotas con aspiraciones pseudointeletuales como, por ejemplo, yo.
Buenas noches.
BIBLIOGRAFÍA:
M.G. Wildeman "Bijdrage tot de
familiegeschiedenis van 't geslacht Sweerts de Weert" (1628).
NOTAS:
(1) Los exámenes de Antropología han caído de
nuevo sobre mí y ya no me dejarán hasta casi mediados de junio.
(2) En este montaje casero se puede
apreciar el cuanto menos intrigante parecido físico entre León Werth y José
Ignacio Wert.
(3) Hay constancia documentada de que, al
menos desde mediados del siglo XVIII, Wert escribe ya su apellido como en la
actualidad, sin la segunda “e” (Wert por Weert).
(4) AGUILAR ESPINOSA, A. y MARTÍN ARJONA,
F. (2009): “El príncipe enjaulado. Crónica de un cautiverio sin fin”. Servicio
de Publicaciones de la Universidad de Málaga.
(5) Wert tiene, además de una Licenciatura
en Derecho, un Máster en Sociología Política. También ha impartido clases de
Teoría de la Comunicación en la Universidad Complutense de Madrid, y ha
desempeñado importantes puestos en empresas de sondeos de opinión y audiencias
(como Demoscopia y Sofres). Un ejemplo de su producción académica puede
encontrarse pinchando aquí.












